Si hay una cosa a la que no está dispuesto un pijoprogre así le capen es a prescindir de sus lujos. Ellos, otra cosa cosa no, pero a dar consejos que para sí no tienen no les gana nadie. Lo que pasa es que parece que la gente común les está descubriendo el truco. Se aprecian síntomas al respecto. El otro día casi le limpian el forro a Varoufakis si no se llega a interponer su linda y millonaria esposa. En realidad no estaban haciendo más que cenar en uno de los pocos restaurantes elegantes que quedan en Atenas. Ya saben que la gente es envidiosa. Les vieron llegar con sus chupas de cuero en una supermoto. Ella se quitó el casco y sacudió al aire su rubia melena. La tensión ambiental, como no podía ser menos, subió entonces. Cuando se sentaron en una mesa privilegiada de la terraza sobre los acantilados el público ya no pudo más y se lanzó. La cosa no pasó a mayores porque se interpuso la melena rubia que ya saben el respeto que eso impone entre las gentes sencillas... pero a los dos días el jefe, un tal Chiripas, mandó de vacaciones a Varoufakis.
Claro, con Europa hemos topado. En Europa, sobre todo de Luxemburgo para arriba, el pijoprogrerío da risa hace ya muchos años. Lo dijo aquel famoso canciller de nombre Willy Brandt: el que de joven no es progre es que no tiene corazón, pero el que es progre de mayor es porque es idiota. Y Varoufakis ya entra en la categoría de idiota y por eso han ordenado a su jefe que lo quite de enmedio. Oye, el que paga, manda, y no hay más tú tía. Todo lo demás, cuentos de la mona.
Yo de todas estas cosas sé bastante porque de joven profesé. Inconsciente total de mis muchos privilegios podía resistir hasta altas horas de la madrugada conversando sobre cómo repartir mejor el pastel. Por supuesto que mi trozo ni siquiera se me pasaba por la cabeza que me lo tocasen. Y así fue que necesite de la intoxicación cannabínica para empezar a tomar tierra. Que otra cosa no, pero hay que ver lo que las drogas ayudan a aterrizar suavemente... aunque sabido es que con el peligro de cogerle el gusto y salirte de pista. Pero esa es otra historia. Lo que cuenta es que ahora ni me avergüenzo de mi pijerío ni me fascinan los Varoufakis de turno aunque les flanquee una rubia rica. Por así decirlo, ya hace bastante que soy de Luxemburgo para arriba. En fin.
jueves, 30 de abril de 2015
martes, 28 de abril de 2015
Juegos de la edad tardía
Hace muchos años ya que apenas leo novelas. Se me suelen caer de las manos. Creo que la última española que leí fue "Juegos de la edad tardía", de Luis Landero, una muy ingeniosa y divertida recreación del Ingenioso Hidalgo. Vivía por entonces en Salamanca rodeado de chavales que no hacían sino pasarme libros con la intención de que luego les comentásemos. Sobre todo uno que se llamaba Rogelio, un verdadero letraherido desde que su padre le mandó a pastorear ovejas por la Siberia Extremeña como castigo por sus bajos rendimientos académicos. Él fue el que me habló con entusiasmo de la novela de Landero. De Rogelio perdí la pista completamente, de Landero, poca cosa, algún artículo que me pareció siempre de escasa enjundia e, incluso, intenté sin éxito leer algo que escribió a propósito de la guitarra de la que es un experto tocaor.
El caso es que, por lo que fuere, hoy ha caído en mis manos un artículo de Landero. Muy largo para empezar. Muy jeremiaco para terminar. Después de hacer un bonito canto del paso de la literatura a la filosofía, para, como dice, no acabar convertido en carne de cañón, se lanza a criticar al gobierno porque no hace lo que debiera para fomentar su aprendizaje. En definitiva, uno más de esos intelectuales a la violeta con nostalgia de despotismo ilustrado. "Triste país el nuestro. Trabajando cada cual para obtener sus pequeñas ventajas, nos estamos labrando entre todos la desdicha colectiva", apostilla. La verdad, no entiendo semejante pesimismo si no es por una súbita interrupción de algo que estaba tomando. Bueno, puede ser también que todavía esté en eso de las preferencias ideológicas y no lleve bien que gobiernen unos que les dicen de derechas más que nada para diferenciarles de otros que les dicen de izquierdas por más que tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando.
Es cansino escuchar a tanto notable, el otro día el Gran Ferlosio, lamentarse por los males incurables de la patria. La verdad, no sé de dónde viene esta gente. O en qué burbuja viven. Porque hay que estar sordo, ciego y cerrado a la realidad para no darse cuenta de que este país ha multiplicado en los últimos años por lo menos por mil la gente que prodiga sus esfuerzos a las cosas del espíritu. Se lee más y mejor de todo. Se entiende mejor el cine, el teatro y la música. Se compite sin complejos con los mejores del mundo en todos los campos de la creación. No somos unos cracks, desde luego, pero somos un país que vive muy bien y no precisamente gracias a sus recursos naturales, a no ser que por tal tomemos el ingenio y la creatividad de sus ciudadanos. Ya digo, es cansina tanta negra premonición cuando en realidad lo que pasa aquí no es más que, por lo que sea, que no voy a entrar ahora, hay un exceso de tolerancia hacia los irrespetuosos, es decir, hacia toda esa gente desgraciada que necesita hacerse notar, por lo general desagradablemente, para consolarse de sus desdichas. Y eso, claro, envenena la cotidianidad del ciudadano pacífico, ya sea porque impide la concentración del ocupado, ya sea porque dificulta la recuperación del cansado, ya sea porque eleva a dolorosa la hipersensibilidad de los ociosos crónicos, léase viejos, que como es natural se alivian por medio del manido recurso de la queja. "Y tanto placer había/ en quejarse, un sabio decía..."
Siempre se quejaron los viejos, por otra parte. Son los juegos de la edad tardía. De las acaballas como dicen los catalanes. Supongo que para los que están en trance de entregar la moneda a Caronte pensar que es una mierda todo lo que hay de este lado del Leteo tiene que ser un gran consuelo. En fin, qué vida esta.
El caso es que, por lo que fuere, hoy ha caído en mis manos un artículo de Landero. Muy largo para empezar. Muy jeremiaco para terminar. Después de hacer un bonito canto del paso de la literatura a la filosofía, para, como dice, no acabar convertido en carne de cañón, se lanza a criticar al gobierno porque no hace lo que debiera para fomentar su aprendizaje. En definitiva, uno más de esos intelectuales a la violeta con nostalgia de despotismo ilustrado. "Triste país el nuestro. Trabajando cada cual para obtener sus pequeñas ventajas, nos estamos labrando entre todos la desdicha colectiva", apostilla. La verdad, no entiendo semejante pesimismo si no es por una súbita interrupción de algo que estaba tomando. Bueno, puede ser también que todavía esté en eso de las preferencias ideológicas y no lleve bien que gobiernen unos que les dicen de derechas más que nada para diferenciarles de otros que les dicen de izquierdas por más que tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando.
Es cansino escuchar a tanto notable, el otro día el Gran Ferlosio, lamentarse por los males incurables de la patria. La verdad, no sé de dónde viene esta gente. O en qué burbuja viven. Porque hay que estar sordo, ciego y cerrado a la realidad para no darse cuenta de que este país ha multiplicado en los últimos años por lo menos por mil la gente que prodiga sus esfuerzos a las cosas del espíritu. Se lee más y mejor de todo. Se entiende mejor el cine, el teatro y la música. Se compite sin complejos con los mejores del mundo en todos los campos de la creación. No somos unos cracks, desde luego, pero somos un país que vive muy bien y no precisamente gracias a sus recursos naturales, a no ser que por tal tomemos el ingenio y la creatividad de sus ciudadanos. Ya digo, es cansina tanta negra premonición cuando en realidad lo que pasa aquí no es más que, por lo que sea, que no voy a entrar ahora, hay un exceso de tolerancia hacia los irrespetuosos, es decir, hacia toda esa gente desgraciada que necesita hacerse notar, por lo general desagradablemente, para consolarse de sus desdichas. Y eso, claro, envenena la cotidianidad del ciudadano pacífico, ya sea porque impide la concentración del ocupado, ya sea porque dificulta la recuperación del cansado, ya sea porque eleva a dolorosa la hipersensibilidad de los ociosos crónicos, léase viejos, que como es natural se alivian por medio del manido recurso de la queja. "Y tanto placer había/ en quejarse, un sabio decía..."
Siempre se quejaron los viejos, por otra parte. Son los juegos de la edad tardía. De las acaballas como dicen los catalanes. Supongo que para los que están en trance de entregar la moneda a Caronte pensar que es una mierda todo lo que hay de este lado del Leteo tiene que ser un gran consuelo. En fin, qué vida esta.
domingo, 26 de abril de 2015
Perlas nada más
A veces, sin que uno se lo proponga, la vista cae sobre los titulares de un periódico que alguien dejó abandonado por ahí. Y lee: "Casares se compromete a poner a las personas en el centro de sus políticas". ¡Cáspita! Esto se pone interesante. Sigo leyendo: Valenciano arropa la presentación de la candidatura del PSOE a la alcaldía de Santander y advierte: "De la derecha sólo cabe esperar el saqueo de las cuentas públicas". Ya tengo bastante.
Desde luego que si los hiciesen de encargo no conseguirían tal perfección. Claro, creo recordar que la Sra. Valenciano blasonaba de aburrirse cuando se ponía a estudiar y por eso no estudió nada. El Sr. Casares, no sé, pero por lo que dice podríamos asegurar que de haber estudiado le ha aprovechado bien poco.
El caso es que a mí todo esto de las elecciones que se avecinan me la trae al pairo. Podría ir a votar a Ciudadanos a cuyo parto asistí, pero ya he empezado a constatar que son un poco más de lo mismo. Y es que es inevitable que así sea. El poder, por definición, tiene que ser vertical so pena de ser inoperante. Manda la cúpula elitista y el resto chusmilla sumisa y aprovechada. Y por eso supongo que es que las cosas importantes de este país van incuestionablemente bien desde hace unos sesenta años para acá y, sin embargo, las pequeñas cosas de lo cotidiano, el civismo para que nos entendamos, progresa a paso de tortuga. Es simple y llanamente lo que va de las élites a la chusmilla militante.
Así que buena gana de comerse el coco con este ceremonial de la confusión que son las elecciones. Gane quien gane estaremos en las mismas: seguridad en las cosas importantes y molestias sin cuento en lo demás... nada, en cualquier caso, que no se alivie con pastillas o, en su defecto, copas.
Desde luego que si los hiciesen de encargo no conseguirían tal perfección. Claro, creo recordar que la Sra. Valenciano blasonaba de aburrirse cuando se ponía a estudiar y por eso no estudió nada. El Sr. Casares, no sé, pero por lo que dice podríamos asegurar que de haber estudiado le ha aprovechado bien poco.
El caso es que a mí todo esto de las elecciones que se avecinan me la trae al pairo. Podría ir a votar a Ciudadanos a cuyo parto asistí, pero ya he empezado a constatar que son un poco más de lo mismo. Y es que es inevitable que así sea. El poder, por definición, tiene que ser vertical so pena de ser inoperante. Manda la cúpula elitista y el resto chusmilla sumisa y aprovechada. Y por eso supongo que es que las cosas importantes de este país van incuestionablemente bien desde hace unos sesenta años para acá y, sin embargo, las pequeñas cosas de lo cotidiano, el civismo para que nos entendamos, progresa a paso de tortuga. Es simple y llanamente lo que va de las élites a la chusmilla militante.
Así que buena gana de comerse el coco con este ceremonial de la confusión que son las elecciones. Gane quien gane estaremos en las mismas: seguridad en las cosas importantes y molestias sin cuento en lo demás... nada, en cualquier caso, que no se alivie con pastillas o, en su defecto, copas.
sábado, 25 de abril de 2015
Infiltrados.
No se sabe con qué motivo va el gobierno de turno y filtra la noticia de que hace siete años la policía desarticuló un comando yihadista que pretendía reproducir en Barcelona el mismo atentado que en Madrid produjo ciento y pico víctimas mortales. Precisamente hoy. ¿Por qué hoy? Ingrata tarea en cualquier caso la del policía. Si hay un atentado es en cierta medida un fracaso suyo por no haber sabido prevenirlo, pero si aborta otro, entonces... ¿quién se lo cree?
Un atentado es un hecho constatable, un atentado abortado difícilmente puede pasar de la mera conjetura. Sí, piensan muchos, eso puede que sea verdad, pero también propaganda. Y, también, puede que los moros detenidos, cuando confiesan, inflen el globo de sus siniestros propósitos con el fin de darse importancia. Es muy problemática la verosimilitud de lo que sólo se sustenta en intenciones... y también de lo que precisa de fuertes dosis de fe, o confianza, en las instituciones que se conocen popularmente como "alcantarillas del Estado", justamente esas que, por razones obvias, no admiten la transparencia, debido a lo cual los partidos sin la menor opción de alcanzar algún día el poder dicen querer eliminar.
Sea como sea, todo tiene una lógica. Hace poco desarticularon en Cataluña una célula de yihadistas que, según se dijo, pretendían hacer cosas feas. Pues bien, el consejero del interior del gobierno catalán dejo bien claro ante los medios que la detención la habían hecho en base a las informaciones recibidas de los servicios secretos del Estado, es decir, de las alcantarillas. Una declaración que, en principio, puede parecer humillante para un gobierno que presume de desapego. Pero las cosas son como son. Sin las alcantarillas españolas Cataluña sería un infierno. Justo como sería Europa sin las alcantarillas americanas. Y ya puestos, Europa y EEUU sin las alcantarillas sirias que, por lo visto, son por las que mejor corre la información más interesante.
Porque esa es la cuestión, la imposibilidad de la transparencia. Por lo que me he podido enterar por boca de esos expertos en lo que sea que acuden a los debates de 28´, una cosa es lo que se dice para la galería y otra lo que corre por las alcantarillas. Por ellas, tanto el Sr. Obama como el Sr. Hollande suplican humildemente al monstruo Bashar al Assad que les cuente algo de lo que sabe. Por lo visto los servicios secretos sirios han sido siempre la clave de bóveda de la seguridad en Oriente Medio y ahora de medio mundo.
En fin, a lo que iba, que hay vidas y vidas. El ideal de mi madre sería la del "hombre del traje gris" que con tanto glamour representó en la pantalla Gregorio Pérez. Conseguir algo seguro para dedicar después el tiempo libre a la familia y los hobbies. Un buen hombre en definitiva. Luego está ese de tan poco fiar, como el que representa Coronado en la serie El Principe. El hombre de las alcantarillas. ¿Quién le quisiera a su lado? Mi madre, desde luego, no.
Anyway, cualquiera que se haya preocupado un poco por la historia sabe de sobra que nada, nunca, contribuyó tanto al bienestar en el mundo como las alcantarillas. Todo era construir alcantarillas en una ciudad y empezar a desaparecer enfermedades hasta entonces endémicas. Todo un síntoma. y toda una metáfora. Convendría tenerlo siempre presente.
Un atentado es un hecho constatable, un atentado abortado difícilmente puede pasar de la mera conjetura. Sí, piensan muchos, eso puede que sea verdad, pero también propaganda. Y, también, puede que los moros detenidos, cuando confiesan, inflen el globo de sus siniestros propósitos con el fin de darse importancia. Es muy problemática la verosimilitud de lo que sólo se sustenta en intenciones... y también de lo que precisa de fuertes dosis de fe, o confianza, en las instituciones que se conocen popularmente como "alcantarillas del Estado", justamente esas que, por razones obvias, no admiten la transparencia, debido a lo cual los partidos sin la menor opción de alcanzar algún día el poder dicen querer eliminar.
Sea como sea, todo tiene una lógica. Hace poco desarticularon en Cataluña una célula de yihadistas que, según se dijo, pretendían hacer cosas feas. Pues bien, el consejero del interior del gobierno catalán dejo bien claro ante los medios que la detención la habían hecho en base a las informaciones recibidas de los servicios secretos del Estado, es decir, de las alcantarillas. Una declaración que, en principio, puede parecer humillante para un gobierno que presume de desapego. Pero las cosas son como son. Sin las alcantarillas españolas Cataluña sería un infierno. Justo como sería Europa sin las alcantarillas americanas. Y ya puestos, Europa y EEUU sin las alcantarillas sirias que, por lo visto, son por las que mejor corre la información más interesante.
Porque esa es la cuestión, la imposibilidad de la transparencia. Por lo que me he podido enterar por boca de esos expertos en lo que sea que acuden a los debates de 28´, una cosa es lo que se dice para la galería y otra lo que corre por las alcantarillas. Por ellas, tanto el Sr. Obama como el Sr. Hollande suplican humildemente al monstruo Bashar al Assad que les cuente algo de lo que sabe. Por lo visto los servicios secretos sirios han sido siempre la clave de bóveda de la seguridad en Oriente Medio y ahora de medio mundo.
En fin, a lo que iba, que hay vidas y vidas. El ideal de mi madre sería la del "hombre del traje gris" que con tanto glamour representó en la pantalla Gregorio Pérez. Conseguir algo seguro para dedicar después el tiempo libre a la familia y los hobbies. Un buen hombre en definitiva. Luego está ese de tan poco fiar, como el que representa Coronado en la serie El Principe. El hombre de las alcantarillas. ¿Quién le quisiera a su lado? Mi madre, desde luego, no.
Anyway, cualquiera que se haya preocupado un poco por la historia sabe de sobra que nada, nunca, contribuyó tanto al bienestar en el mundo como las alcantarillas. Todo era construir alcantarillas en una ciudad y empezar a desaparecer enfermedades hasta entonces endémicas. Todo un síntoma. y toda una metáfora. Convendría tenerlo siempre presente.
miércoles, 22 de abril de 2015
Armas
Como era de esperar todos han dicho que al adolescente ese que se ha cargado a un profesor y herido a otros cuantos nadie le había notado nada especial en sus comportamientos. Bueno, claro, salvo que estaba obsesionado con las armas. Es lo de siempre, no se nota nada porque está muy mal visto notar. Sobre todo cuando lo que se nota canta. Entonces, si dices algo, eres un intolerante, o un facha, o un xenófobo, o cualquier cosa que te inhabilita como ser pensante. ¿Porque, cómo no va a cantar que un niño sea aficionado a las armas en estos tiempos de blandurrez que corren por estos pagos? Francamente, yo de haber sido su profesor no le habría quitado la vista de encima. Lo mismo que no se la quito hasta que desaparece por el horizonte a uno de esos jóvenes que se hacen acompañar por un perro de los considerados peligrosos. Porque, vamos a ver, ¿es que es muy normal esa necesidad de protegerse o amedrentar que se esconde tras la afición a las armas o el amor a esos perros?
Que nadie me venga con milongas comprensivas, por favor. Hay gente que está rematadamente mal y por eso hace lo que hace con la intención de consolarse. Vana intención, por cierto, y por eso es tan peligroso hacérselo notar a las bravas, que es como privar de sus muletas a un paralítico. Pero bueno, para eso está el tacto que le dicen o, en su defecto, el oficio de los especialistas en las cosas de la psique. Sea como sea, y aún a sabiendas de la imposibilidad de preverlo todo, una cierta perdida de esa inocencia, que más bien es tontería, respecto de la corrección política al tratar los temas relacionados con la seguridad no vendría mal. Porque, sobre todo desde que los socialdemócratas parten tanto bacalao, hay un verdadero entusiasmo por el eufemismo que no es otra cosa que el intento, también vano, de dulcificar una realidad que, como todo el mundo sabe, es sobre todo tozuda y tarde o temprano acabará por enseñar sus dientes.
La tozuda realidad, esa es la cuestión, que prácticamente todos y cada uno de nosotros sufrimos, a veces en demasía, por cuestiones las más de las veces banales. Sólo hay que observar a los más próximos y, no digo ya, a uno mismo. En vez de dar gracias a los dioses omnipotentes por todo lo que tenemos, nos dolemos sin remedio porque un oscuro objeto del deseo se nos hurta. Un malestar difuso que se traduce en ansiedad, angustia, mala leche... y si en esas estamos y va el demonio y las enreda, pues eso, que a nadie le puede extrañar que hagamos cualquier tontería e, incluso, barbaridad.
Así que, ya digo, si no conviene perder de vista a nadie, empezando por uno mismo, no digo ya lo que habrá que vigilar a un adolescente aficionado a las armas o los perros peligrosos. Porque para cualquiera que no este obnubilado por el síndrome socialdemócrata esos serán síntomas premonitorios de conductas imprevisibles y tirando a malos agüeros. En fin, que mejor facha que fiambre.
Que nadie me venga con milongas comprensivas, por favor. Hay gente que está rematadamente mal y por eso hace lo que hace con la intención de consolarse. Vana intención, por cierto, y por eso es tan peligroso hacérselo notar a las bravas, que es como privar de sus muletas a un paralítico. Pero bueno, para eso está el tacto que le dicen o, en su defecto, el oficio de los especialistas en las cosas de la psique. Sea como sea, y aún a sabiendas de la imposibilidad de preverlo todo, una cierta perdida de esa inocencia, que más bien es tontería, respecto de la corrección política al tratar los temas relacionados con la seguridad no vendría mal. Porque, sobre todo desde que los socialdemócratas parten tanto bacalao, hay un verdadero entusiasmo por el eufemismo que no es otra cosa que el intento, también vano, de dulcificar una realidad que, como todo el mundo sabe, es sobre todo tozuda y tarde o temprano acabará por enseñar sus dientes.
La tozuda realidad, esa es la cuestión, que prácticamente todos y cada uno de nosotros sufrimos, a veces en demasía, por cuestiones las más de las veces banales. Sólo hay que observar a los más próximos y, no digo ya, a uno mismo. En vez de dar gracias a los dioses omnipotentes por todo lo que tenemos, nos dolemos sin remedio porque un oscuro objeto del deseo se nos hurta. Un malestar difuso que se traduce en ansiedad, angustia, mala leche... y si en esas estamos y va el demonio y las enreda, pues eso, que a nadie le puede extrañar que hagamos cualquier tontería e, incluso, barbaridad.
Así que, ya digo, si no conviene perder de vista a nadie, empezando por uno mismo, no digo ya lo que habrá que vigilar a un adolescente aficionado a las armas o los perros peligrosos. Porque para cualquiera que no este obnubilado por el síndrome socialdemócrata esos serán síntomas premonitorios de conductas imprevisibles y tirando a malos agüeros. En fin, que mejor facha que fiambre.
jueves, 16 de abril de 2015
Teogonias
Es obvio que el conocimiento de la realidad del mundo es muy limitado. Por mucho que parezca que se sabe no nos hemos distanciado mucho de los que pintaron los bisontes de Altamira. Y tampoco parece probable que se vaya a llegar mucho más allá de donde estamos, constatación ésta que para muchas personas es más de lo que humanamente se puede soportar. Y de ahí supongo es que hayan surgido a lo largo de la historia multitud de explicaciones que lo único que tienen en común es lo niquelado que queda todo el asunto a condición únicamente de creer lo que no vimos. Es decir, de tener esa cosa que por lo visto, según afirman los que la tienen, es un don de Dios impagable, a saber, la fe.
Para mí, sin embargo, lo de tener fe no es otra cosa que una muleta que permite transitar por la vida con más o menos disimulo a los que sufren, ya sea de cortedad mental, ya sea de cobardía estructural. Por así decirlo, con la fe los alimentos del espíritu se te dan ya masticados y digeridos. Tú, sólo tienes que absorberlos y a vivir que son dos días. Así que, qué de extraño tiene que los creyentes anden por el mundo tan ufanos, seguros de sí mismos y, sobre todo, dispuestos a masacrar a todo aquel que de muestras de vivir tan guapamente sin necesidad de acogerse a tan digeridos alimentos: los infieles.
Y que conste que no me estoy refiriendo aquí a musulmanes, cristianos, judíos, hindús, budistas y demás formas exageradas de la patología creyente, no, estoy tratando de indagar en esas formas sutiles de las que nadie se libra por aquello de que nadie escapa en el transcurso de la vida a un mal momento que desbarata las defensas y te deja a merced de los vendedores de humo. Y entonces vas y te adhieres a lo que sea que te alivia el marasmo y te proporciona como un a modo de aura que al facilitar la vida inutiliza el discernimiento. Y ya estás pringao para los restos y, encima, contento de estarlo. Y, ¡ay de quién te lo cuestione! La lista de improperios que te proporciona la fe es ilimitada como ilimitado es el miedo del que no se reconoce.
En fin, Pilarín, y con esto y un bizcocho me voy por ahí a ver si encuentro un descreído que echarme al coleto. Difícil me lo pongo.
Para mí, sin embargo, lo de tener fe no es otra cosa que una muleta que permite transitar por la vida con más o menos disimulo a los que sufren, ya sea de cortedad mental, ya sea de cobardía estructural. Por así decirlo, con la fe los alimentos del espíritu se te dan ya masticados y digeridos. Tú, sólo tienes que absorberlos y a vivir que son dos días. Así que, qué de extraño tiene que los creyentes anden por el mundo tan ufanos, seguros de sí mismos y, sobre todo, dispuestos a masacrar a todo aquel que de muestras de vivir tan guapamente sin necesidad de acogerse a tan digeridos alimentos: los infieles.
Y que conste que no me estoy refiriendo aquí a musulmanes, cristianos, judíos, hindús, budistas y demás formas exageradas de la patología creyente, no, estoy tratando de indagar en esas formas sutiles de las que nadie se libra por aquello de que nadie escapa en el transcurso de la vida a un mal momento que desbarata las defensas y te deja a merced de los vendedores de humo. Y entonces vas y te adhieres a lo que sea que te alivia el marasmo y te proporciona como un a modo de aura que al facilitar la vida inutiliza el discernimiento. Y ya estás pringao para los restos y, encima, contento de estarlo. Y, ¡ay de quién te lo cuestione! La lista de improperios que te proporciona la fe es ilimitada como ilimitado es el miedo del que no se reconoce.
En fin, Pilarín, y con esto y un bizcocho me voy por ahí a ver si encuentro un descreído que echarme al coleto. Difícil me lo pongo.
martes, 14 de abril de 2015
Declinismo
Yo, ya, prácticamente nunca viajo en coche, pero cuando lo he hecho creo recordar que el parabrisas, salvo en caso de lluvia, ha permanecido igual de limpio desde el comienzo hasta el final del trayecto. Es una cosa que no llama la atención, pero, sin embargo, si miramos un poco para atrás, tendremos la visión de unos parabrisas trufados de insectos despatarrados y, en algunos casos, con notable efusión sanguínea. En un viaje de Barcelona a Salamanca, por ejemplo, era imprescindible limpiar el parabrisas a medio camino so pena de continuar a ciegas. Sin duda, no por pasar desapercibido deja de tener este cambio una significación que viene como de molde para sustentar las teorías de esa corriente filosófica que se ha dado en llamar declinismo.
En realidad, por lo que he podido colegir escuchando a los infatigables especuladores franceses, el declinismo no es más que el intento de elaborar una sofisticada teoría para explicar algo tan simple como es la sensación que tiene mucha gente de que se está yendo a menos. Algo, por otra parte, absolutamente inevitable cuando se llebavan demasiados años creyendo que todo el monte es orégano.
Pues sí, los insectos se han esfumado de las carreteras y sus alrrededores, o sea, de la faz de la tierra. Y con su desaparición los pájaros que se alimentaban de ellos también han huido a mundos más propicios. La cadena, supongo es infinita y, los declinistas, que las pillan al vuelo, ya están casi viviendo aquel viejo ideal en el sólo subsistían a la debacle las especies más resistentes, o sea, cucarachas, ratas, acaso algún córvido, y unos cuantos humanos que viven en el desierto en plan Max Mad.
Yo, a este respecto declinista, ni entro ni salgo que bastante tengo con lo mío. Pero sí creo percibir que hay en el mundo demasiada gente que por descuido se lo acaba tragando todo. Desde una ópera de Wagner a un resort en el Caribe, pasando por las delicias de la cocina esferificada y la práctica del canicross. Y, claro, de antiguo es sabido que no hay motor para la melancolía como la glotonería de placer y buen gusto. Sobre esto hay un corpus doctrinal dejado por los pensadores del Bajo Imperio en el que no queda resquicio a la duda.
En fin, que sí, que ya no vemos estrellas ni nos pican los mosquitos, ni nos salen sabañones, ni todas aquellas cosas de cuando éramos felices porque cada día que pasaba adquiríamos un nuevo cachivache. Ahora hay que conformarse con ir tirando con lo que hay que, como digo, es penosamente trabajoso a nada que quieras añadirle un poco de picante.
Por lo demás, supongo, todo es ley de vida. Lo de abajo sube y lo de arriba baja. Así que el único consuelo que nos queda es el del chiste: disfrutar lo que dura dura. Y allá cuidados, como los corderos asados de Terete.
En realidad, por lo que he podido colegir escuchando a los infatigables especuladores franceses, el declinismo no es más que el intento de elaborar una sofisticada teoría para explicar algo tan simple como es la sensación que tiene mucha gente de que se está yendo a menos. Algo, por otra parte, absolutamente inevitable cuando se llebavan demasiados años creyendo que todo el monte es orégano.
Pues sí, los insectos se han esfumado de las carreteras y sus alrrededores, o sea, de la faz de la tierra. Y con su desaparición los pájaros que se alimentaban de ellos también han huido a mundos más propicios. La cadena, supongo es infinita y, los declinistas, que las pillan al vuelo, ya están casi viviendo aquel viejo ideal en el sólo subsistían a la debacle las especies más resistentes, o sea, cucarachas, ratas, acaso algún córvido, y unos cuantos humanos que viven en el desierto en plan Max Mad.
Yo, a este respecto declinista, ni entro ni salgo que bastante tengo con lo mío. Pero sí creo percibir que hay en el mundo demasiada gente que por descuido se lo acaba tragando todo. Desde una ópera de Wagner a un resort en el Caribe, pasando por las delicias de la cocina esferificada y la práctica del canicross. Y, claro, de antiguo es sabido que no hay motor para la melancolía como la glotonería de placer y buen gusto. Sobre esto hay un corpus doctrinal dejado por los pensadores del Bajo Imperio en el que no queda resquicio a la duda.
En fin, que sí, que ya no vemos estrellas ni nos pican los mosquitos, ni nos salen sabañones, ni todas aquellas cosas de cuando éramos felices porque cada día que pasaba adquiríamos un nuevo cachivache. Ahora hay que conformarse con ir tirando con lo que hay que, como digo, es penosamente trabajoso a nada que quieras añadirle un poco de picante.
Por lo demás, supongo, todo es ley de vida. Lo de abajo sube y lo de arriba baja. Así que el único consuelo que nos queda es el del chiste: disfrutar lo que dura dura. Y allá cuidados, como los corderos asados de Terete.
viernes, 10 de abril de 2015
Sueños son
Una de las grandes frustaciones de mi niñez fue la del día que se canceló la excursión a Covadonga a causa del mal tiempo. Mi padre se había pasado la tarde anterior metido en el foso del garaje poniendo el Opel a punto. Mi madre dirigiendo las operaciones de logística y, Mada, la cocinera, empanando filetes y cuajando tortillas. Cuando nos fuimos a la cama estaba todo perfectamente ordenado en la cesta de mimbre que habría de ir sobre la baca del coche. Recuerdo como si hubiese sido ayer que apenas pude dormir por la excitación y, sobre todo, porque muy pronto empecé a oír el inmisericorde gorgoteo del agua en las bajantes. ¡Dios, cómo odiaba aquel sonido! Era premonitorio de otro día sin jardín.
Tengo la memoria muy viva de lo mal que me tomé aquella cancelación. No sé que tipo de fantasías rondarían por mi cabeza, pero seguro que ya estaba viendo a Pelayo matar moros y cosas por el estilo. Y luego, aquellas tortillas y empanados que nos íbamos a comer sobre la yerba. Adoraba aquellas excursiones, tan escasas por otra parte. Una de cientos a vientos, y gracias, porque éramos de los pocos españoles que las hacían.
El caso es que, quizá por esa necesidad pretenciosa que tenemos los humanos de encontrar las causas de los efectos, siempre he relacionado esta frustración con uno de los sueños que más se reiteró hasta edades bastante tardías. El del viaje proyectado que no se consuma. Siempre volviendo a la infancia y subido a aquel tren de vapor que nos llevaba a la ciudad. Y el tren por lo que fuere no arrancaba o se paraba al llegar a Trasnoval y ya todo se perdía en la nebulosa. Un sueño realmente exasperante.
Es muy curioso lo de los sueños que se reiteran. Seguramente es una de las canteras que más trabajo ha dado a los especuladores natos a lo largo de la historia. Porque aunque nunca se le encontró, ni se encontrará, el fundamento, existe una sólida sospecha de que eso sueños tienen algún significado que desvela aspectos ocultos de la vida. En la antigüedad eran más bien cosa de previsión de futuro. De Freud para acá, traiciones al inconsciente. Tal para cual, pero, en cualquier caso, del ejercicio de especulación que promueven es fácil que se derive algún esclarecimiento.
En fin, y todo esto a cuento de que, hoy, cuando iba bajo una tenue llovizna camino de la cita para comenzar una excursión por el campo, he recibido una llamada para decirme que, dadas las circunstancias, mejor lo dejábamos para otro día. Lo he sentido de verdad, aunque no creo que tanto como para que me vaya a producir sueños perturbadores.
Tengo la memoria muy viva de lo mal que me tomé aquella cancelación. No sé que tipo de fantasías rondarían por mi cabeza, pero seguro que ya estaba viendo a Pelayo matar moros y cosas por el estilo. Y luego, aquellas tortillas y empanados que nos íbamos a comer sobre la yerba. Adoraba aquellas excursiones, tan escasas por otra parte. Una de cientos a vientos, y gracias, porque éramos de los pocos españoles que las hacían.
El caso es que, quizá por esa necesidad pretenciosa que tenemos los humanos de encontrar las causas de los efectos, siempre he relacionado esta frustración con uno de los sueños que más se reiteró hasta edades bastante tardías. El del viaje proyectado que no se consuma. Siempre volviendo a la infancia y subido a aquel tren de vapor que nos llevaba a la ciudad. Y el tren por lo que fuere no arrancaba o se paraba al llegar a Trasnoval y ya todo se perdía en la nebulosa. Un sueño realmente exasperante.
Es muy curioso lo de los sueños que se reiteran. Seguramente es una de las canteras que más trabajo ha dado a los especuladores natos a lo largo de la historia. Porque aunque nunca se le encontró, ni se encontrará, el fundamento, existe una sólida sospecha de que eso sueños tienen algún significado que desvela aspectos ocultos de la vida. En la antigüedad eran más bien cosa de previsión de futuro. De Freud para acá, traiciones al inconsciente. Tal para cual, pero, en cualquier caso, del ejercicio de especulación que promueven es fácil que se derive algún esclarecimiento.
En fin, y todo esto a cuento de que, hoy, cuando iba bajo una tenue llovizna camino de la cita para comenzar una excursión por el campo, he recibido una llamada para decirme que, dadas las circunstancias, mejor lo dejábamos para otro día. Lo he sentido de verdad, aunque no creo que tanto como para que me vaya a producir sueños perturbadores.
miércoles, 8 de abril de 2015
N´epargne personne
Ayer vi en la cadena LCP un programa que podríamos calificar de drole. El invitado estrella era un tipo fornido, pero con una pinta de pobre hombre que tiraba para atrás, que como todos los invitados en los platós franceses había escrito un libro. ¿Qué francés no escribe un libro a nada que le pase que no sea tirarse un cuesco? El libro en cuestión se titula "Mi compañera, mi verdugo". En él relata todas las sevicias sufridas en los años de convivencia con su mujer. Sevicias que contó en el plató y que a mí me costaba creer. Porque a menos que su mujer hubiese sido una campeona de lucha libre era de todo punto incomprensible. Le había pegado tales palizas que había necesitado sucesivos ingresos hospitalarios, el último de seis meses de duración, en los que se le habían tenido que practicar siete intervenciones quirúrgicas reparadoras. Hasta el agua, literalmente, le había quitado, así que andaba el hombre por ahí que no se le acercaba nadie de cómo olía e, incluso, divorciado ya y con todas las reparaciones concluidas, sigue teniendo pinta de sucio, qué le vamos a hacer. En fin, cómo sería la cosa, que denunciados los hechos y celebrado el juicio le cayeron a la tipa siete años de prisión sin remisión de penas por buen comportamiento.
Lo más curioso de todo es que no se trataba de un caso aislado. Salieron otros hombres, todos con pinta burguesa, a contar sus casos. Incluso, como ahora se filma todo, pasaron una larga secuencia de agresiones físicas de mujeres a hombres captadas en lugares públicos. Parece ser que la cosa es mucho más común de lo que pudiera parecer a primera vista. A pesar de las naturales renuencias del macho a reconocer que su hembra le zurra, cada año hay unas 1600 llamadas de hombres en apuros a un teléfono que el gobierno ha instalado a tal efecto.
Para redondear el programa salieron opinando dos abogadas especializadas en violencia de género. Sostuvieron que siempre se trata de hombres bien educados, con buena posición económica que, por lo que sea, se muestran débiles ante mujeres a las que sus padres nunca les negaron un capricho. Bueno, no hacen falta muchas explicaciones porque todo el mundo conoce ejemplos o tiene experiencias al respecto. Ya se sabe lo que en no pocas ocasiones se esconde tras una carita de ángel y, por otra parte, hay todavía por ahí demasiadas Lady Macbeth que no se las pueden apañar por sus propios medios y tienen que seguir recurriendo a la destrucción de un marido para épanouir.
En fin, que en todos los géneros cuecen habas y ya va siendo hora de que las feministas nos dejen de dar el turre con sus reivindicaciones desfasadas, por lo menos en estos países occidentales, y se preste más atención, como ya se hiciera en la antigüedad clásica, a las naturales carencias de la condición humana que n´epargnen personne, como dicen los franchutes.
Lo más curioso de todo es que no se trataba de un caso aislado. Salieron otros hombres, todos con pinta burguesa, a contar sus casos. Incluso, como ahora se filma todo, pasaron una larga secuencia de agresiones físicas de mujeres a hombres captadas en lugares públicos. Parece ser que la cosa es mucho más común de lo que pudiera parecer a primera vista. A pesar de las naturales renuencias del macho a reconocer que su hembra le zurra, cada año hay unas 1600 llamadas de hombres en apuros a un teléfono que el gobierno ha instalado a tal efecto.
Para redondear el programa salieron opinando dos abogadas especializadas en violencia de género. Sostuvieron que siempre se trata de hombres bien educados, con buena posición económica que, por lo que sea, se muestran débiles ante mujeres a las que sus padres nunca les negaron un capricho. Bueno, no hacen falta muchas explicaciones porque todo el mundo conoce ejemplos o tiene experiencias al respecto. Ya se sabe lo que en no pocas ocasiones se esconde tras una carita de ángel y, por otra parte, hay todavía por ahí demasiadas Lady Macbeth que no se las pueden apañar por sus propios medios y tienen que seguir recurriendo a la destrucción de un marido para épanouir.
En fin, que en todos los géneros cuecen habas y ya va siendo hora de que las feministas nos dejen de dar el turre con sus reivindicaciones desfasadas, por lo menos en estos países occidentales, y se preste más atención, como ya se hiciera en la antigüedad clásica, a las naturales carencias de la condición humana que n´epargnen personne, como dicen los franchutes.
martes, 7 de abril de 2015
Votar
Hay ciertas reflexiones que por definición están proscritas so pena de que le llamen facha al que osa hacerlas. Por así decirlo, van unos cuantos pasos más allá de lo considerado políticamente incorrecto. Pero eso no quita para que a los que se nos da una higa lo que nos llamen nos pongamos a la tarea por ver si llegamos a alguna conclusión sin importarnos lo bizarra que pueda llegar a parecer. Vamos a ello
El derecho al voto. El otro día creo haber leído algo acerca de la indignación de un muchacho con síndrome de Down porque no le estaba permitido votar. Sin duda, un verdadero problema para los responsables de la cosa pública porque vemos frecuentemente a personas con ese síndrome que han recibido formación y muestran similar o superior criterio sobre las cosas de la vida que el común de los mortales. Quizá, como dicen, esta gente está menos, o nulamente, dotada para el pensamiento abstracto y todo lo que dicen lo recitan no por sensatez sino por imitación. Bien, todo eso puede ser verdad; de hecho hemos visto Downs con carreras como Derecho que se pueden hacer a golpe de memoria -otra cosa es ejercerlas-, pero nunca, que yo sepa, carreras como exactas o física que exigen del dominio de la abstracción. Anyway, recitado o no, lo que cuenta es lo que dicen, y todo lo que se argumente sobre su procedencia nunca pasará de la mera conjetura.
Y así, considerando esa indignación del Down por las limitaciones que le impone la sociedad, es como he llegado a hacerme la siguientes preguntas: ¿quién tiene más criterio para votar, un Down con formación o un paisa sin ella? Y, en cualquier caso, ¿qué papel juega la formación en la independencia de criterio? Y, continuando, ¿es que tener o no tener fomación, dadas las oportunides vigentes para conseguirla, no es ya una delimitación de competencias mentales?
No siempre el voto fue universal. No hace tanto que sólo podían votar los hombres, cabezas de familia que a la vez eran propietarios de tierras o estaban en posesión de algún título o cargo oficial. Después se extendió a todos los hombres. No hace ni un siglo que empezaron a votar las mujeres. Como todo progreso, vino acompañado de luces, pero también de sombras. Por un lado se consiguió apear en cierta medida de sus privilegios a los poderosos, pero por otro se dio entrada de lleno a la manipulación de los iletrados, la famosa demagogia de la que tanto escribieron ya en la antigüedad clásica. ¿Lo comido por lo servido, entonces? No sé, habría que verlo.
Así, pienso, sería interesante proponer algún tipo de sistema de votaciones que, por un lado evitase en lo posible la perpetuación de privilegios y, por otro, limitase, también en lo posible, los estragos de la demagogia. Lo de evitar privilegios, no se me ocurre cómo, como no sea con alguna ley antimafia, si es que eso es factible. Para lo de la demagogia, se me ocurre que, lo mismo que todo el mundo tiene derecho a conducir a condición de que antes demuestren que tienen unas determinadas capacidades, para votar a lo mejor sería bueno que fuese necesario disponer de un carnet acreditativo de haber pasado ciertas pruebas. Por ejemplo, el bachillerato o, en su defecto, algún tipo de evaluación de las capacidades cognitivas, es decir, los dedos de frente del susodicho. Porque, ¿dónde está la gracia de que no pueda votar un Down y lo pueda hacer un nini? Incluso un Down con bachillerato. No sé, pero hoy día, con las facilidades que da el sistema para que todo el mundo se gradúe, si alguien no lo consigue es que algo tiene en la cabeza que no funciona muy bien y habría que mirárselo antes de dejarle participar en la toma de decisiones que es el votar. Todo el mundo sabe a quién vota un nini, sin remisión. Un nini, que repetirá como un lorito: otra sociedad es posible. Osea, la que haría parejos a los con y sin estudios. A los esforzaos y a los vagos. A los espabilados y a los pasmaos. O, para que mejor se entienda, un sistema político que haría de la vida un botellón perpetuo.
En fin, yo, por si las moscas, voy a pasar de votar. Por lo menos mientras mande Bruselas. Con eso ya me basta.
El derecho al voto. El otro día creo haber leído algo acerca de la indignación de un muchacho con síndrome de Down porque no le estaba permitido votar. Sin duda, un verdadero problema para los responsables de la cosa pública porque vemos frecuentemente a personas con ese síndrome que han recibido formación y muestran similar o superior criterio sobre las cosas de la vida que el común de los mortales. Quizá, como dicen, esta gente está menos, o nulamente, dotada para el pensamiento abstracto y todo lo que dicen lo recitan no por sensatez sino por imitación. Bien, todo eso puede ser verdad; de hecho hemos visto Downs con carreras como Derecho que se pueden hacer a golpe de memoria -otra cosa es ejercerlas-, pero nunca, que yo sepa, carreras como exactas o física que exigen del dominio de la abstracción. Anyway, recitado o no, lo que cuenta es lo que dicen, y todo lo que se argumente sobre su procedencia nunca pasará de la mera conjetura.
Y así, considerando esa indignación del Down por las limitaciones que le impone la sociedad, es como he llegado a hacerme la siguientes preguntas: ¿quién tiene más criterio para votar, un Down con formación o un paisa sin ella? Y, en cualquier caso, ¿qué papel juega la formación en la independencia de criterio? Y, continuando, ¿es que tener o no tener fomación, dadas las oportunides vigentes para conseguirla, no es ya una delimitación de competencias mentales?
No siempre el voto fue universal. No hace tanto que sólo podían votar los hombres, cabezas de familia que a la vez eran propietarios de tierras o estaban en posesión de algún título o cargo oficial. Después se extendió a todos los hombres. No hace ni un siglo que empezaron a votar las mujeres. Como todo progreso, vino acompañado de luces, pero también de sombras. Por un lado se consiguió apear en cierta medida de sus privilegios a los poderosos, pero por otro se dio entrada de lleno a la manipulación de los iletrados, la famosa demagogia de la que tanto escribieron ya en la antigüedad clásica. ¿Lo comido por lo servido, entonces? No sé, habría que verlo.
Así, pienso, sería interesante proponer algún tipo de sistema de votaciones que, por un lado evitase en lo posible la perpetuación de privilegios y, por otro, limitase, también en lo posible, los estragos de la demagogia. Lo de evitar privilegios, no se me ocurre cómo, como no sea con alguna ley antimafia, si es que eso es factible. Para lo de la demagogia, se me ocurre que, lo mismo que todo el mundo tiene derecho a conducir a condición de que antes demuestren que tienen unas determinadas capacidades, para votar a lo mejor sería bueno que fuese necesario disponer de un carnet acreditativo de haber pasado ciertas pruebas. Por ejemplo, el bachillerato o, en su defecto, algún tipo de evaluación de las capacidades cognitivas, es decir, los dedos de frente del susodicho. Porque, ¿dónde está la gracia de que no pueda votar un Down y lo pueda hacer un nini? Incluso un Down con bachillerato. No sé, pero hoy día, con las facilidades que da el sistema para que todo el mundo se gradúe, si alguien no lo consigue es que algo tiene en la cabeza que no funciona muy bien y habría que mirárselo antes de dejarle participar en la toma de decisiones que es el votar. Todo el mundo sabe a quién vota un nini, sin remisión. Un nini, que repetirá como un lorito: otra sociedad es posible. Osea, la que haría parejos a los con y sin estudios. A los esforzaos y a los vagos. A los espabilados y a los pasmaos. O, para que mejor se entienda, un sistema político que haría de la vida un botellón perpetuo.
En fin, yo, por si las moscas, voy a pasar de votar. Por lo menos mientras mande Bruselas. Con eso ya me basta.
domingo, 5 de abril de 2015
Agnus Dei
qui tollis peccata mundi
Lo peor dentro de lo malo es perdonado, ¿por qué será? Quizá, pienso, porque ya no se presiente peligroso. Apenas cuatro gatos votan esa opción. De tan manifiesta como es su maldad sólo puede estar a resguardo en el inconsciente de los más necios. Miren a Cuba si no. ¿A quienes les sigue convenciendo aquello? A los cuatro pijoprogres que acuden allí con la Visa rebosante a que les hagan un completo. Es decir, a los imbéciles sin remedio. Porque es más que probable que de todas las libertades, la que más duele que te quiten es la del bolsillo. Y no por nada sino porque de ella se derivan la mayoría de las otras.
Sin embargo, lo malo a secas, se camufla con facilidad tras las triquiñuelas de la sentimentalidad. La exaltación de la pertenencia, la superioridad de la raza, cosas así de tontas, son percibidas inconscientemente como tablas de salvación por quienes se sienten inferiores que siempre son muchos. Claro, estas cosas, cuando las lidera un bufón, tipo Revilluca, no pasan del mero folklore, pero si dan con un tipo suficientemente drogado como para creerse Dios, entonces tenemos un gran problema porque se trata de religión. La más persistente y extendida acaso, porque, como diría un lendakari, ¿qué hay de malo en ello? Nada, por supuesto, para los fieles. Para los infieles, tiro en la nuca si antes no salen pitando. Que esa es la gran ventaja del nazismo sobre el comunismo, que puedes salir pitando porque puedes manejar dinero.
Me he acordado de estas cosas al ver la foto de ese cordero que ha nacido en Rusia. Quizá sea, he pensado, un regalo póstumo a los esfuerzos realizados por los comunistas para conseguir la eugenesia, que, al respecto, no sólo nada tuvieron que envidiar a los nazis sino que les sobrepasaron con creces en osadía. No hace mucho vi un programa sobre una ciudad secreta que había en algún rincón de los Urales en la que los científicos, con Paulov al frente, trataban de injertar ciertas cualidades aprovechables de los animales a los humanos por medio de inseminaciones cruzadas. Cosas de dioses que se quedaron en despreciable sufrimiento de humanos. En fin.
sábado, 4 de abril de 2015
Vergüenza
Dice Sánchez Ferlosio que de su pasado sólo siente vergüenza. Ya somos dos. Porque él no sé, pero si yo pusiese una encima de otra todas las tonterías que hice a lo largo de la vida no habría montaña en el mundo que se le pudiera comparar. Y menos mal que la memoria es generosa y me da tregua porque de lo contrario no lo podría resistir. Miserable, necio, malvado, el catálogo es casi infinito y en nada me consuela sospechar que no voy sólo en ese barco. Pero, en fin, si de consuelo se trata quizá encuentre alguno agarrándome a lo que dijo el poeta: "En Alejandría se ha dicho que sólo es incapaz de una culpa quien ya la cometió y ya se arrepintió; para estar libre de un error, agreguemos, conviene haberlo profesado".
En cualquier caso lo que más maravilla de todo esto no es sólo que uno haya logrado sobrevivir a tanto disparate sino también que haya podido transcurrir por la vida sin mayores problemas. Claro que soy consciente de haber sido sujeto de no pocas habladurías en el peor sentido de la palabra lo cual, como uno no es de piedra, me ha inclinado hacia un cierto retraimiento del mundo que, a la larga, creo, me ha sido de gran utilidad. Porque, efectivamente, lo poco de aprovechable que pudiera haber en mi vida ha nacido de ese retraimiento que, so pena de morir de aburrimiento, he tratado de utilizar para adquirir algunos conocimientos con los que ahora me huelgo en las largas jornadas de la vejez.
De lo que no tengo idea es sobre si todas las vidas serán más o menos lo mismo en este aspecto de la vergüenza del propio pasado. Si uno se atiene a las apariencias parece que no. La mayoría de las vidas, se diría, blasonan de orden y coherencia y en absoluto dan muestras de necesitar ampararse en el retraimiento. Aunque, por otra parte, es evidente que muy pocas escapan a las habladurías maliciosas que, si bien pueden fundarse en la envidia, también, es probable que tengan su pequeña razón de ser. Tonterías las hay mayores y menores, pero casi nadie se libra de hacerlas. Luego está la forma en que son percibidas por los demás y como afecta el rebote en el que las hace. Unos sienten vergüenza y otros... ni se enteran.
En cualquier caso lo que más maravilla de todo esto no es sólo que uno haya logrado sobrevivir a tanto disparate sino también que haya podido transcurrir por la vida sin mayores problemas. Claro que soy consciente de haber sido sujeto de no pocas habladurías en el peor sentido de la palabra lo cual, como uno no es de piedra, me ha inclinado hacia un cierto retraimiento del mundo que, a la larga, creo, me ha sido de gran utilidad. Porque, efectivamente, lo poco de aprovechable que pudiera haber en mi vida ha nacido de ese retraimiento que, so pena de morir de aburrimiento, he tratado de utilizar para adquirir algunos conocimientos con los que ahora me huelgo en las largas jornadas de la vejez.
De lo que no tengo idea es sobre si todas las vidas serán más o menos lo mismo en este aspecto de la vergüenza del propio pasado. Si uno se atiene a las apariencias parece que no. La mayoría de las vidas, se diría, blasonan de orden y coherencia y en absoluto dan muestras de necesitar ampararse en el retraimiento. Aunque, por otra parte, es evidente que muy pocas escapan a las habladurías maliciosas que, si bien pueden fundarse en la envidia, también, es probable que tengan su pequeña razón de ser. Tonterías las hay mayores y menores, pero casi nadie se libra de hacerlas. Luego está la forma en que son percibidas por los demás y como afecta el rebote en el que las hace. Unos sienten vergüenza y otros... ni se enteran.
miércoles, 1 de abril de 2015
Y sin embargo
Toda la vida he sido un cegato. A los once años me colocaron las primeras gafas y desde entonces no pararon de crecerme la dioptrías. Luego vino la presbicia y por fin las cataratas. Como estas progresiones se toman su tiempo uno se va acomodando a la insuficiencia sin mayores alharacas, pero un buen día alguien te dice, mira aquello, y entonces tienes que contestar con un ¿qué? porque en aquella dirección no ves nada de particular. Total, que anteayer me cambiaron el cristalino y, ¡madre mía lo que veo ahora! Apenas un cuarto de hora de intervención en la que no notas nada, unas cuantas gotas después y a las 24 horas empiezas a comprobar el milagro. Si esto no es para incrementar la confianza en el ser humano ya me dirán, entonces, para qué es.
Y sin embargo, el común de los mortales se toma estas cosas como algo natural, es decir, sin darle la menor importancia, como si fuese algo caído del cielo, como la lluvia. ¿Quién sabe, por ejemplo, el nombre de la persona a la que se le ocurrió la forma en que se podía cambiar el cristalino? Yo no, desde luego. Prefiero saber que un tal Toribio trajo a Liébana en el siglo V el mayor trozo que se conoce de la cruz en la que, dicen, murió Jesucristo. Y, por si se me hubiese olvidado, hoy, con motivo de las fechas que transcurren, me lo recuerdan todos los medios de comunicación. Y no te digo, ya, toda la gente que se acercará estos días a aquel lejano santuario a adorar ese madero sagrado por suponer que de tal homenaje se van a derivar no pocas ventajas para sus vidas.
Recuerdo aquellos años en los que andábamos sacándonos la costra clerical por el ingenuo procedimiento de hacer escarnio de todo lo sagrado. Habíamos leído aquel libro de Roger Peyrefitte, Las Llaves de San Pedro, y nos habíamos partido el culo de risa. Sostenía Roger con datos convenientemente constatados que con todos los trozos de la santa cruz que se adoran por las diversas iglesias del mundo se podría construir un puente similar al que los prisioneros ingleses habían tendido sobre el río Kwai. Y sin embargo, ajeno a las risas de los descreídos, el invento sigue funcionando a las mil maravillas. Que se lo digan si no a los hosteleros de las mil Liébanas repartidas por el mundo que ven como se multiplica la clientela estos días señalados.
Esa es la cuestión, que quizá nos reíamos porque no comprendíamos nada. Lo más seguro es que, lo mismo que en la literatura, a la vida, si a lo estrictamente racional no le añades un componente mágico la desvirtúas por completo. Porque lo racional, por definición, es ajeno a todo tipo de especulación filosófica, lo cual, a larga, es de suponer que seca el cerebro. Sin embargo, con lo mágico es todo lo contrario. Nos podemos pasar la vida dándole vueltas tratando de encontrarle los significados ocultos y siempre estaremos en las mismas, pero, entretanto, habremos ejercitado el intelecto y, quizá, entendido un poco más sobre lo que somos.
En fin, lo que cuesta empezar a ver un poco.
Y sin embargo, el común de los mortales se toma estas cosas como algo natural, es decir, sin darle la menor importancia, como si fuese algo caído del cielo, como la lluvia. ¿Quién sabe, por ejemplo, el nombre de la persona a la que se le ocurrió la forma en que se podía cambiar el cristalino? Yo no, desde luego. Prefiero saber que un tal Toribio trajo a Liébana en el siglo V el mayor trozo que se conoce de la cruz en la que, dicen, murió Jesucristo. Y, por si se me hubiese olvidado, hoy, con motivo de las fechas que transcurren, me lo recuerdan todos los medios de comunicación. Y no te digo, ya, toda la gente que se acercará estos días a aquel lejano santuario a adorar ese madero sagrado por suponer que de tal homenaje se van a derivar no pocas ventajas para sus vidas.
Recuerdo aquellos años en los que andábamos sacándonos la costra clerical por el ingenuo procedimiento de hacer escarnio de todo lo sagrado. Habíamos leído aquel libro de Roger Peyrefitte, Las Llaves de San Pedro, y nos habíamos partido el culo de risa. Sostenía Roger con datos convenientemente constatados que con todos los trozos de la santa cruz que se adoran por las diversas iglesias del mundo se podría construir un puente similar al que los prisioneros ingleses habían tendido sobre el río Kwai. Y sin embargo, ajeno a las risas de los descreídos, el invento sigue funcionando a las mil maravillas. Que se lo digan si no a los hosteleros de las mil Liébanas repartidas por el mundo que ven como se multiplica la clientela estos días señalados.
Esa es la cuestión, que quizá nos reíamos porque no comprendíamos nada. Lo más seguro es que, lo mismo que en la literatura, a la vida, si a lo estrictamente racional no le añades un componente mágico la desvirtúas por completo. Porque lo racional, por definición, es ajeno a todo tipo de especulación filosófica, lo cual, a larga, es de suponer que seca el cerebro. Sin embargo, con lo mágico es todo lo contrario. Nos podemos pasar la vida dándole vueltas tratando de encontrarle los significados ocultos y siempre estaremos en las mismas, pero, entretanto, habremos ejercitado el intelecto y, quizá, entendido un poco más sobre lo que somos.
En fin, lo que cuesta empezar a ver un poco.
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