sábado, 12 de diciembre de 2015

La marcha

Después de una noche sin pegar ojo a causa del derecho inalienable que tiene la alegre muchachada que vive en el piso de encima a divertirse, uno, por la mañana, con los ojos como frambuesas, se pone a pensar y llega a la conclusión una vez más de que la única opción posible para combatir esta pesadumbre existencial que me constituye es hacer el petate y seguir camino -ya me queda poco en cualquier caso-. Lo tengo perfectamente asumido, estoy condenado, por lo que sea, que no voy a entrar ahora, a la desintegración social. Al poco de permanecer en cualquier sitio empiezan a abrumarme los pequeños inconvenientes inevitables de cualquier convivencia que el común de los mortales combate y alivia ya sea con pastillas, ya con copas, o, sencillamente, con el recurso infalible de la queja que no cesa.

En fin, ya lo dijo el poeta, que el destino nos lleva de la mano y al que se resiste lo arrastra. Así que, ya digo, ir haciendo el petate y a donde los dioses digan, porque lo que por nada del mundo voy a hacer es, uno, buscar alivio en la queja o sus sucedáneos, dos, ponerme a pleitear con los vecinos. Además, que me va la marcha un montón. La marcha de marcharse digo.  

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