domingo, 11 de octubre de 2015

La gloria

Muchas veces les he traído a colación aquí uno de los asuntos que más controversia, y guerras, ha suscitado a lo largo de la historia de la humanidad, el de la transustanciación del padre en el hijo. Los coreanos del norte o los sirios de Al-Asad, por poner dos ejemplos muy actuales, no parecen tener la menor duda al respecto: si retuerces la nariz al hijo al que más le duele es al padre, luego Dios existe y se transustancia en Cristo. 

Es el tema de la herencia, lo que es del padre le corresponde por derecho al hijo, incluso las culpas. Los judíos, según leí en no sé donde, cargan con los errores que cometieron sus antepasados. Esa es su concepción del infierno, si haces algo mal vives sabiendo que tu descendencia estará por ello estigmatizada socialmente hasta que pasen siete generaciones. Un infierno seguramente más efectivo que el que nos gastamos los católicos. Pero, bueno, judíos o no, que casi seguro que sí, también tenemos esos multimillonarios americanos que deciden que a sus hijos no les corresponde heredar su fortuna. Les dejan una buena educación, unas relaciones privilegiadas y, es de suponer, unos genes de categoría superior. Así, piensan esos progenitores, se las pueden apañar divinamente y, si no, allá ellos. En cualquier caso no les habremos privado de la oportunidad de ser algo por si mismos, la mayor fuente sin duda de autoestima de la que dispone el ser humano. 

Los genes de categoría superior y su hipotétitica transmisión a la descendencia. ¡Casi na! Los franceses suelen llamar cadavres exquis a los hijos de artistas famosos. Chavales condenados a ser sombra de sus padres. A no poder matarlos nunca en definitiva. Lo peor que le puede pasar a cualquiera. No es raro, por eso, que tantos acaben en adicciones fatales. Sí, la verdad es que es muy problemático valorar esa transmisión y más cuando vemos que de tantas personas anodinas surgen cabezas privilegiadas.

Y aquí es a donde quería llegar, al milagro del surgimiento de una cabeza privilegiada. Cabeza privilegiada que, por así decirlo, fructifica. Y le dan un Premio Nobel, o cosa parecida, por la cual se hace merecedor de un escrutinio minucioso de todos los pasos que le condujeron a tan altas instancias: a la gloria que sólo procura el mérito personal, es decir, que no viene por herencia. Y sin embargo, en ese escrutinio minucioso que hacen los biógrafos siempre jugará un papel esclarecedor el de dónde se viene desde varias generaciones atrás. Los pequeños detalles educativos de los abuelos a los padres y de los padres al genio. 

Y ese es el caso, que en esas biografías de los genios se suele insistir mucho en esos pequeños detalles, como si hubiesen tenido una importancia decisiva en lo por venir. Es como si en el voluntarismo educativo estuviese la madre del cordero. Bueno, hay que reconocer que, a toro pasado, es muy fácil encajar esas piezas en el puzzle y, así, realzar más si cabe la belleza literaria del relato. Pero, no sé, porque si me apuran diría que rara es la persona por delante de cuya puerta no pasaron trenes que ni siquiera vio. Y también apostaría porque raro es el buen alumno que no acaba por encontrar un buen profesor. 

Les traigo estas referencias a cuento de la biografía de Feynman que ando leyendo. Sus abuelos, sus padres, no parece que fueran gente vulgar. Algunos de sus profesores tampoco. Pero fueron los mismos de tantos otros alumnos que no llegaron a nada. Sólo Feynman se dio cuenta de su valía. Anyway, es un placer leer el relato de los sucesivos descubrimientos de un genio. Y es que, con un poco de esfuerzo, se puede compartir su gloria. La gloria de alcanzar a comprender el porqué de las cosas que están en el origen de todo lo que es. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario