miércoles, 9 de octubre de 2013

Fobia



Qué atasco hay hoy, dice uno. El mismo de todas las mañanas contesta el que le acompaña. Son alrededor de las ocho de la mañana y estamos esperando en un semáforo de la calle O´Donnell a que el intenso tráfico nos deje un hueco para cruzar. Pienso, entonces, en lo paciente que es la gente y lo poco que le cuesta someterse a las mayores sevicias. Cada mañana lo mismo, media, una hora de coche, para llegar al trabajo. Y otra, supongo, por la tarde para volver a casa. Y como si nada. Son los mismos que me encuentro desayunando en el Selma. Hacen chistes con las noticias que vienen en el MARCA. O se entretienen con los videojuegos del móvil. Con sus trajes impecables. Allí les dejo cuando concluyo mi colación. Entro en El Retiro. Las primeras luces colorean de rosa las nubes que sobrevuelan las copas de las árboles. ¿¡Dios mío, es debido a mi fobia o es realidad lo que veo¡? Hay millones de perros correteando de aquí para allá. Me largo ipso facto. Cualquier visión me resulta más agradable que eso. Incluida la de los atascos. Quizá debiera acudir al psiquiatra a que me mire eso. Porque no puede ser muy normal que me moleste tanto lo que a tanta gente agrada, ¡y de que forma! Los besan, los acarician, les lanzan los más cariñosos piropos... recogen con mano trémula sus tibios excrementos... cuando los recogen. Algo tiene que estar pasando, pienso, para que haya tanto amor desviado. Aunque, pienso después, lo más probable es que el desviado sea yo. Sí, tendré que solicitar ayuda especializada. 

Sí, ya me lo sugirieron multitud de intervinientes cuando se me ocurrió decir la mía en aquel debate que se montó en El Diario de Palencia con motivo de haberse comido un perro a una tierna niñita que jugaba en un parque de la ciudad. Claro, sin tener prejuicios, a ver quién es el que no va a desear comerse a una niñita que está jugando en un parque. Pues bien, recuerdo haber dicho que el tener uno de esos perrazos y soltarlo por un parque en el que están jugando niñitas es algo que debiera ser analizado desde una perspectiva freudiana. ¿Qué puede ser lo que le lleva a un tipo, o tipa, a tener un perro de esos? No digo ya a soltarlo por un parque en el que están jugando niñitas. Bueno, no vean la que me cayó por pensar en alto. Subnormal, pervertido y cosas así fue lo menos que me llamaron. Y todos, invariablemente, me mandaron al psiquiatra. 

Y ya que menciono la perspectiva freudiana, también recuerdo haber oído por aquellos tiempos que tan de moda estuvo utilizar tal técnica para hurgar entre los entresijos de la mente que lo de el miedo o la fobia, o lo que fuera, a los perros es un trasunto del miedo o la fobia, o lo que fuere, al padre. ¡Mira tú por donde! En cualquier caso el mío siempre llevaba un grueso bastón para protegerse de ellos. Y una vez que, cosa de niños, nos agenciamos uno, no pasó ni una semana antes de que solicitase los servicios de Gelín Papos de Olla para que le atase una gruesa piedra al cuello y le arrojase al río desde el puente romano un día de crecida. Sí, fue una ceremonia aquella de la que nunca me olvidaré: Gelín oficiando con mano firme y un montón de niños contemplando fascinados. Aquella sí que era pedagogía y no esta blandenguería socializante que todo lo putrefacta ahora. 

Dios mío, a dónde vamos a llegar. Es que está acostumbrado a dormir conmigo y anoche llegué muy tarde, me respondió en plan decontracté una vecina de Barcelona cuando le manifesté mi desagrado por los reiterados ladridos de su perro la noche anterior. En fin, no sé, quizá necesite pastillas.  

Coda. Me acaba de llegar un mensaje en el que me informan de que  Santander ha sido declarada  pet friendly town. ¡No querías caldo...! 

   

No hay comentarios:

Publicar un comentario