jueves, 9 de enero de 2014

Garcilaso



A las diez de la mañana suelo llevar, por lo general, tres o cuatro horas de danza. El desayuno ya me queda lejos y la cabeza empieza a dar los primeros síntomas de cansancio. Es obvio que, como en las películas de Perry Mason, necesito hacer un receço. Así es que me viene como de molde agarrar la bicicleta y llegarme hasta La Cañía en donde es muy probable que esté Isi tomándose un café. Es la ventaja que tiene tener amigos con rutinas, que no te tienes que exprimir el cerebro para crear las tuyas. Total, que esta mañana he acudido al lugar, he pedido un mediano y me he puesto a leer los artículos de Arcadi y Sostres. Sostres cada vez me divierte más. A los diez minutos o así ha aparecido Isi. 

Isi tiene el don del relato. Cualquier cosa que hace, ve o lee, te la cuenta y es como si la estuvieses haciendo, viendo o leyendo tú. El otro día le comenté acerca de la vida del Capitán Contreras, una historia que siempre me fascinó, pero de la que ya apenas tenía más recuerdo que el de la propia fascinación que me había producido. Bien, pues Isi se ha tomado la molestia de bajarla y leerla. Y así ha sido que esta mañana he podido disfrutar de nuevo de las sorprendentes aventuras del citado capitán. 

Y en esas estábamos cuando ha hecho su aparición Gelo. Bueno, si con dos ya cuesta coger la vez para decir algo, con tres ya ni te digo. Así, sin solución de continuidad, hemos pasado del vitalismo contreriano -del Capitan Contreras-, tan caro a Isi, al kierkegaardiano existencialismo no menos querido por Gelo. Y un servidor, claro, que le da a cualquier cosa por deformación profesional. En fin, el existencialismo y todo eso, ¡cómo no!, teniendo tanto tiempo libre y no sabiendo las más de las veces qué hacer con él. Bueno, hemos concluido que las matemáticas son una buena opción, pero hace falta fuerza de voluntad para arrancar y no siempre se tiene. 

Luego, al llegar a casa, abro el correo y me encuentro el siguiente mensaje de Pedro:

"Recuerdas Pedro esa continua partitura:
entonces admira la inteligencia de Garcilaso.

Cuando me paro a contemplar mi estado
y a ver los pasos por do me han traido,
hallo, segun por do anduve perdido,
que a mayor mal pudiera haber llegado.

Esto da para hablar unas horas."

No he podido contenerme y le he contestado a vuelta de correo:

"Pues sí, la verdad es que sí. Salicio y Nemoroso, mismamente."

Y la vida sigue. 

miércoles, 8 de enero de 2014

Sobre ruedas

No es por dármelas de espabilado pero todo esto que está pasando aquí con la cosa de la economía ya lo tenía yo comentado tiempo ha con alguno de mis contertulios habituales. Como mi pasar es, aunque modesto, bastante agradable, nada me hace propender al uso de anteojeras ideológicas para interpretar la realidad que se ofrece a mi vista. Y como veía cosas que me parecían de cajón las interpretaba con la más elemental de las lógicas. Los cálculos de la abuela que le dicen. Si los salarios aquí, por hacer lo mismo, eran el doble o el triple que en cualquier país de Asia sólo un pensamiento necio, o socialista si lo quieren decir de otra manera, podía sostener que lo de deslocalizar las fábricas era antipatriótico. Pero yo conocía por experiencia que lo de los vasos comunicantes de Arquímides no sólo funciona para los fluidos sino que tiene un amplio sentido metafórico aplicable a miles de aspectos de la vida cotidiana. Los salarios, por ejemplo, suben donde hay mucho trabajo porque son bajos y bajan donde hay poco porque son altos. La tendencia inevitable es hacia la nivelación. Así fue que en Asia subieron y a ello había que sumar los costes de la distancia, lo que hizo darse cuenta a los más avisados de que si se bajaban un poco los salarios de aquí podría salir a cuenta retomar la producción local. Y así ha sido, que ante la imposibilidad de devaluar la moneda para vender más barato, se han devaluado los salarios lo que viene a ser lo mismo pero más descarnado... o menos engañoso para hablar con mayor propiedad. 

De estas cosas estaban hablando el otro día unos sabios franceses en la cadena "BFM Business". Lo hubieran visto y les hubiese costado creerlo. Sorprendente, pero cierto. Por primera vez en la historia contemporánea un grupo de notables franceses se ponen de acuerdo para alabar al vecino del sur y llegar a la conclusión de que la única salida a sus muchos problemas no es otra que la de imitarnos punto por punto. Aunque, por otro lado, no lo veían muy factible, porque consideraban que la ciudadanía y las instituciones francesas eran inmensamente más necias que las españolas. Seguramente no hay pueblo más instalado en la falsedad y el engaño que el francés. Escuchas sus televisiones y llegas a la conclusión de que todo lo que hay de bueno en el mundo es gracias a ellos. La libertad, la democracia, el progreso científico... y todo muy a pesar de los americanos. Claro, así vete tú a decirles que tienen que bajar el pistón. Inmediatamente se te van a tomar otra vez la Bastilla. O sea, a darse otra de joie de vivre que es lo suyo por antonomasia.

En resumidas cuentas que las cosas aquí, pese a quien pese, van mejorando y no por otra cosa que porque se van poniendo en su sitio. Son más racionales por así decirlo. Los obreros ganan menos porque antes ganaban más de lo que se merecían. Los funcionarios, lo mismo. Los jubilados, ¡que me lo digan a mí! Y los empresarios, of course, ganan más a D. G., porque esa es la madre de todos los corderos. ¡Y los sociatas sin entenderlo! Mira que hay que ser zoquete. 


martes, 7 de enero de 2014

El rifle



Cuando las cosas se miran a ras de suelo la visión que se tiene de la realidad seguramente es asquerosa. Ahora bien, colócate en la cúpula de una corporación y mira a tu alrededor. ¿Qué ves entonces? El mundo que gira y gira ajeno a las pequeñas querellas de los humanos. Los presos etarras, el desafío soberanista... ¿qué son esas cosas? Que se arreglen entre ellos en cualquier caso. 

Si yo fuese el Todopoderoso lo primero que haría sería mandar gravar con letras de oro en los frontones de todos los Parlamentos del mundo la siguiente máxima shakesperiana: "El que se queja y no actúa engendra pestilencia". Les pondré unos ejemplos para que no quepan dudas. 

Los famosos expresos de ETA que andan estos días poniendo en un ¡ay! a las que se ha dado en denominar "víctimas del terrorismo" y a todos sus corifeos. Por qué no se van a poder reunir los expresos si, por un lado, nada deben ya a la justicia y, por otro, nada tienen que temer de aquellos a los que ofendieron. Pusiéranles estos a aquellos una bomba bajo el culo a nada que se descuidasen y ya veríamos lo distinto que iba a ser todo. Pero no, mejor dedicarse a engendrar pestilencia y a recoger las migajas que la gente caritativa suele arrojar a los apestados.  

El soberanismo catalán. ¿Donde estaría a estas alturas si el resto de los españoles les hubiese hecho frente por el simple procedimiento de no comprar en la medida de lo posible productos fabricados en Cataluña? De hecho, cuando viví en el agro catalán pude comprobar que en los supermercados de la región la gente sólo compraba productos made a casa nostra que se exhibían en estanterías aparte. Como buenos mafiosos que son saben jugar a parecer víctimas sabiendo que son verdugos. Y sabiendo también que sus víctimas son unos cagaos que nunca pasarán del lamento. 

Y luego viene toda esa chusma socialdemócrata y dice, no, eso no se puede hacer porque la violencia engendra violencia. Pues claro, hombre, eso es lo sano. Eso es lo que hace que el malo pare cuando ve que tiene las de perder. Lo que nunca vas a convencer al malo es haciéndole caricias. No, la ciencia de la pacificación va en el sentido de que si tu me haces mal yo te hago mal y medio. Porque, además, sabes que puedo. Esa es la historia de la humanidad y todo lo demás cuentos de la mona. 

En fin, que, claro, se supone que tenemos un deber moral de empatía con las victimas del terrorismo en particular y con las víctimas de todo tipo en general. Fracamente, empiezo a estar hasta el gorro de tanto almíbar. Y de tanto querer ponerlo todo en manos del Estado aun a sabiendas de que Estado es la cúpula de una corporación gigantesca que nos ve como piezas de recambio. No sé, pero me están empezando a caer simpáticos los de la Asociación del Rifle. A buenas horas hubiese habido Etas ni Etos si por aquí hubiese algo semejante.  

lunes, 6 de enero de 2014

Árboles



Había una docena de pinos considerables, de 40 años o así, por el borde sudeste de la urbanización en la que ahora vivo. Los acaban de talar. El administrador nos pasó una circular explicando que talarlos costaría 2400 € y mantenerlos 2200 cada dos años. Se hizo un referendum, ahora que están tan de moda, entre los vecinos y salió lo que salió. Por su parte el ayuntamiento decidió quitar de en medio los viejos plátanos que estorbaban el tránsito en la estrecha acera del camino que va hacia el faro. Podían haber ensanchado la acera sin más, pero hay lo que hay que no es otra cosa que coches a los que hay que buscar acomodo sea a costa de lo que sea. Y, luego, para rematar la escabechina, vienen estas ráfagas huracanadas del sur y tiran abajo la mitad de la mimosa que tengo frente al ventanal de la sala. Ahora mismo estoy mirando lo que queda de ella y tiemblo al ver las contorsiones a las que se ve obligada para sobrevivir a los elementos desatados... a punto como está de su cita anual con el amarillo éblouissant.

La verdad es que no sé qué pensar de todo esto. Uno, por lo que sea, tiende a ser conservador en esto de los árboles. Quizá es porque sienta que hacen al paisaje más acogedor. Y luego está lo de la sombra que dan en verano que eso sí que es un hecho benefactor incontestable. Sin embargo, lo de su papel paliativo en toda esa historia del calentamiento global me lo creo a medias porque una vez leí a un tipo bastante inteligente que aseguraba que en el computo general de su ciclo es más el CO2 que producen que el que absorben. No olvidemos que los combustibles fósiles son en gran medida fósiles de árboles. Por no hablar de la putrefacción a la que todo lo vivo esta abocada. Gases de efecto invernadero en definitiva. En fin, en cualquier caso, como me solían decir los "proscritos" cuando paseábamos por el bosque los helados días del invierno castellano, estar por aquí es como estar en la cocina. Y era verdad, allí no soplaba el viento que es el que hace al frío ser insoportable. 

De todas formas en esto de los árboles, como en casi todo, hay puntos de vista diversos y no está de más pararse un rato a considerarlos porque uno se puede llevar sorpresas no siempre desagradables. Nunca se me olvidará a tal respecto una tórrida tarde de verano que me llevaron a una finca perdida en mitad del Campo Charro con motivo de que había allí una especie de juerga flamenca. Yo, por entonces, tocaba la travesera y mi función había de ser hacer de vez en cuando una escala de acompañamiento entre falseta y falseta. Al final no di pie con bola porque si al handicap del miedo escénico que siempre me ha dominado le añadimos la generosidad con la que corrían por allí los porros... ya se pueden imaginar. Sea como fuere, por allí andaba Manolo Berrocal que era un crack con la guitarra y, luego, uno de los dueños de pelo engominado que no paraba de armar manoletinas, chicuelinas y demás posturitas con los capotes y espadas que decoraban las paredes del salón. Así fue que, en cierto momento, sintiendo la cabeza bastante cargada decidí salir a la intemperie. El sol se estaba poniendo por los horizontes de la finca. Los únicos árboles que se veían en medio de toda aquella inmensidad eran unos eucaliptos ralos que había en una pequeña vaguada cien o doscientos metros al este de la casa. Una casa muy curiosa, por cierto. Vista desde fuera parecía una nave con una puerta modesta, ventanucos ridículos y un enorme tejado a dos aguas. Luego entrabas allí y quedabas anodadado por un salón gigantesco, lleno de tresillos de cuero, una enorme chimenea y unos techos que en el centro llegarían a los seis metros de altura. Total, que estaba yo por allí delante escampando la boira cuando vi salir a uno de los dueños, entonces, por decir algo, le alabé la belleza del lugar y luego le hice un comentario sobre lo chocante que me resultaba la total ausencia de árboles. Él se limitó a mirarme con un aire diría que de conmiseración, como si estuviese pensando, este tonto del culo qué sabrá él. Al instante me di cuenta de que que había metido la pata. Ponerme a enmendar la plana a una sabiduría de siglos. Allí, sin duda, los árboles hubiesen roto la magia, o la estética,  del lugar que era inmensa. La engañosa austeridad exterior. La soberbia elegancia del interior. ¿Qué hubiesen pintado allí unos árboles? 

En resumidas cuentas, que me gustan los árboles y por eso voté no a que cortasen los de la urbanización. Pero no creo que sean la panacea que mejora cualquier entorno. Ni mucho menos. En algunos dan el cante. Como lo hubiesen dado delante de aquella casa charra que les comentaba.    



viernes, 3 de enero de 2014

Sin perder el norte



El poder, pienso, es como el conocimiento que, hasta que no sabes todo de una cosa, no sabes nada de esa cosa. Si dudan de lo que digo hagan la prueba de ponerse a explicar algo que creen que saben a alguien. Verán hasta que punto estaban equivocados la mayoría de las veces acerca de sus saberes porque no es fácil hacerse entender si no tienes niquelado lo que intentas explicar. Con el poder, como digo, es lo mismo, o es absoluto o no hay forma de controlar como Dios manda. Lo saben bien los tiranos y por eso se esfuerzan en idear procedimientos de disuasión que no dejen resquicio a las más leves fantasías conspiratorias por parte de sus súbditos. Al respecto, a juzgar por lo que la historia nos ha legado, el mejor sin duda fue Cambises. Cambises, por así decirlo, era un genio de la disuasión. Cuentan que estando un día de bacile con sus cortesanos se le ocurrió preguntar a su más preciado consejero por lo que el pueblo pensaba de su emperador. Al pobre consejero se le ocurrió la peregrina idea de dar una de cal y otra de arena y así fue que le contesto: "Su Majestad, el pueblo dice que Cambises es el mejor emperador que han tenido los persas, pero también dice que Cambises a veces pierde el pulso porque le gusta demasiado el vino". "Pues vamos a ver si es verdad que el pueblo tiene razón en eso de que pierdo el pulso", respondió Cambises. Y, acto seguido, mandó al consejero que pusiese a su hijo a cien yardas de distancia, agarró un arco, lo armó, apunto al corazón del chaval, disparó y dio en el centro de la diana. ¿Tiene razón o no tiene razón el pueblo?, preguntó entonces muy ufano a sus consejeros. Luego, por la noche, durante la cena, sentó a su derecha al desdichado consejero que, por supuesto, había aceptado el luctuoso suceso como un inevitable daño colateral inherente a su sobresaliente cargo. A los postres, Cambises le preguntó al consejero en plan remolón si había disfrutado el estofado de carne. "Estaba delicioso, majestad". "Como no iba a estarlo si era la carne de tu propio hijo". En fin, de esas, Cambises, una cada día, y por tal debemos considerar que fue que terminase sus días de muerte natural en su cama de emperador. Más discreto en sus procedimientos, pero igual de eficaz, la historia nos recuerda a Ricardo III. La historia y el teatro para ser precisos. Vayan a Shakespeare y encontrarán cumplida cuenta de sus muchas hazañas al respecto. Bueno, la lista podría ser interminable y parecería, también, que, en cualquier caso, eran cosas de otros tiempos... pero no.

En estos que corren todavía hay quien sabe mantener encendida la antorcha del poder en su acepción más excelsa. Claro que para ello cuenta con la inestimable ayuda de un consejero catalán, el Sr. Alejandro Cao de Benos, que si no, no sé, pero que se ande con cuidado Cao porque ¡menuda como se las gasta su aconsejado Kim Jong-Un! El caso es que el Emperador Kim Jong-Un venía de un tiempo a esta parte estando un poco hasta los mismísimos de su tío Jang Song-thaek. Por lo visto, dicen las fuentes, Jang se estaba pasando con el cante y eso, como comprenderán, es algo que no puede tolerar quien se reserva para sí todas las bazas. Así que fue Kim y le dijo a Cao, oye Cao, preparame una manada de perros con hambre de cinco días. Y ya saben como son de eficaces los catalanes a la hora de ejecutar comandas. Pedido y servido. Entonces va Kim, agarra a Jang y lo arroja al foso de los perros hambrientos. Lo demás ya se lo pueden imaginar: Kim Jong-Un morirá de viejo en su cama de emperador. 

Claro que, desde luego, la grandeza de estos tiempos que corren difícilmente nos los podríamos imaginar sin la imprescindible colaboración de los perros. Como se suele decir, lo mismo para un roto que para un descosido. No teníamos bastante con el servicio prestado a Kim cuando vamos y nos enteramos que, según minuciosos estudios llevados a cabo por las prestigiosas universidades de Chequia y Duisburg-Essem, los perros cagan mirando al norte. No es ésta cuestión baladí. En adelante, si vamos de excursión al monte y, de pronto, cae una espesa niebla, vamos, cogemos, agarramos y ponemos al perro a cagar. Y, ya saben, sabiendo donde esta el norte es imposible perderse.

En fin, que por estas cosas que les cuento debe ser por lo que la Sra. Melanie Joy, conocida activista vegetariana en su casa a las horas de comer, dice estar muy apenada porque hay gente que se comería de buena gana a su perro. Claro, lo entiendo, te comes al perro y a ver como te orientas luego. O cómo te cargas a ese tío que todos tenemos que no para de dar el cante.  

Dardos certeros



"Desde que fui consciente de mi existencia, el Amor me pareció siempre mi dios, porque cada vez que veía a un hombre me entusiasmaba; pensaba que estaba viendo mi otra mitad, porque pensaba que estaba hecha para él y él para mí. Anhelaba casarme. Era ese incierto anhelo que ocupa totalmente la mente de cualquier joven de quince años. No tenía una idea formada acerca del amor, pero fantaseaba que era una cosa que acompañaba naturalmente al matrimonio. Por tanto, puedes imaginarte mi sorpresa cuando mi marido, en el mismo acto de hacer de mi una mujer, me produjo grandes dolores sin darme la menor idea de placer. Lo que imaginaba cuando era colegiala era muchísimo mejor que la realidad a la que he sido condenada por mi marido. El resultado de todo ello es que nos hemos convertido en buenos amigos, pero completamente indiferentes como marido y mujer, sin el menor deseo el uno por el otro."

Los años que viví en Salamanca tuve la suerte de tratar, entre otros muchos grandes, a un ser excepcional. Solíamos coincidir a comer en El Bardo y luego nos íbamos de sobremesa al Novelty donde nos encontrábamos con una variopinta peña, todo hay que decirlo, de bastante escasa calidad. Pero nosotros hacíamos buenas migas y por ello tuve que soportar no pocos comentarios desagradables. Al común de las gentes no les cuadraba en absoluto que un tipo como yo pudiese sentir tanta consideración por un mujeriego insaciable como él. Cuando la gente empieza a fantasear con las hazañas sexuales de los otros sacan a relucir lo más sucio que su mente lleva dentro y, a la postre, el único sentimiento que les embarga es el de una envidia feroz. Matos, que así se llamaba mi héroe, no era ajeno a lo que de él se comentaba, pero lo sobrellevaba con la misma elegancia que exhibía en los demás aspectos de su vida. Era metódico en sus costumbres. Trabajaba en una concesionaria automovilistica. Comía en El Bardo. Café  en el Novelty. Luego, si se sentía con ganas se acercaba a su estudio junto al Tormes a practicar con el barro. Cenaba en casa, se ponía una de sus rutilantes camisas y se lanzaba a la noche. Era inevitable que tuviese éxito entre el sexo conocido como débil. Hubiese la gente que hubiese y fuese donde fuese su imagen destacaba al instante. Sin la menor estridencia derrochaba elegancia. Un tipo con clase, en definitiva. Así que, a qué extrañarse que las mujeres se interesasen por él. Lo sorprendente hubiese sido lo contrario.

No solía hablar mucho, pero cuando lo hacía siempre me parecía certero. Todo lo decía desde la propia experiencia. De teorías, blasonaba de haberlas agotado en su primera juventud con la lectura de Siddhartha. Y como tal parecía vivir. Como aquel que alcanzó sus objetivos y tiene todos sus deseos satisfechos. Y por tal supongo que sería aquella luz que irradiaba madre de tantas envidias y maledicencias. Un "casanova", eso es lo que es, me decían los pobres ignorantes cuando querían convencerme de la despreciable catadura del individuo. 

¡Un "casanova"! Es curioso el sentido peyorativo que ha adquirido esta palabra. Sin duda tiene que ser algo surgido de la suciedad mental de los "petits". La suciedad mental que, como les decía, retuerce los argumentos con tal de engendrar envidia. Porque la realidad para alguien que se haya preocupado de saber es que hay pocas figuras tan fascinantes y generosas como la de Casanova. Sí es verdad que le gustaban las mujeres y que éstas le adoraban, pero dentro del orden natural de las cosas. Sin, en momento alguno, recrearse en el mal. Por lo demás es una vida llena de trabajo y aventuras en pos de lo supremo, es decir, del conocimiento universal. Se podría decir que una en los libros y dos en la vida fue su divisa, como recomendara Don Quijote. En fin, lean sus memorias y se darán un atracón de dardos certeros... y, también, de lluvias inclementes que tanto ayudan a aprender a manejar el arco.  

jueves, 2 de enero de 2014

Los Morancos



Ayer fue un día intenso para mí. De intensidad doméstica podríamos decir. Por la noche, ya solo, intenté concentrarme en "El profesor chiflado", "The Nutty professor", la conocida película interpretada por Jerry Lewis, pero no pude, así que decidí salir por ahí a escampar la boira como dicen mis amigos los catalanes. Apenas había por la calle algún recogecaquitas y poco más. Soplaba del sur y de vez en cuando caían cuatro gotas. Las luces de la corniche se reflejaban sobre la espuma de las olas que rompían en las playas. Realmente aquello estaba bonito de verdad y pensé que quizá no me suelo mostrar lo suficientemente agradecido a los dioses por haberme concedido vivir en tan privilegiado lugar. Volví a casa relajado y, sin pensar lo que hacía, encendí el aparato. Estaban pasando un programa sobre el humor. No necesité muchos planos para engancharme. Se componía de entrevistas a conocidos humoristas entre las que se intercalaba muy de vez en cuando algún sketch. Reflexiones sobre el "conócete a ti mismo", en definitiva, que no otra cosa es el humor, acompañadas por sabrosos ejemplos para iluminar la teoría. 

Esto del humor es muy curioso. De niño y de joven, Jerry Lewis no es que no me gustase es que me irritaba profundamente. Casi tanto como lo hacían Luis Sandrini o Bob Hope. Por ningún lado encontraba la gracia a lo que me parecía simple estupidez. Ya saben, para esto del humor, salvo si eres argentino, quizá, no hace falta entrar en consideraciones de tipo freudiano, basta con que te dé de lleno en el centro neurálgico de la risa que, como todo el mundo sabe, es expresión donde las haya del placer. Te da o no te da, y eso es todo. Y así, sin saber el porqué, lo que era juvenil irritación se ha transformado en franco regocijo cuando caigo sobre algo de Jerry Lewis. De Sandrini y Hope no sé porque parece que andan desaparecidos. Así y todo, anoche, como les decía, no pude con "el profesor chiflado". Quizá venía saturado de los últimos días porque, es que, la cadena ARTE le está dedicando un ciclo estas navidades. 

Sea como sea, el caso es que para mí no hay otra manifestación del arte, o, lo que quizá sea lo mismo, de la inteligencia, más luminosa que el humor. Donde hay humor, pienso, la vida fluye con naturalidad. Feliz, por así decirlo. Donde no lo hay, se estanca e impera el mal royo. O la susceptibilidad que es un corroerse por dentro. Claro, luego hay que comprender que no todos somos iguales y lo que para unos es gracioso para otros es puro y duro mal gusto. Así y todo, cuando algo es aceptado universalmente como gracioso y a mí no me hace gracia siento unas irreprimibles ganas de encontrar una explicación a mi disidencia. 

Tal fue el caso la otra noche, cuando apenas resistí diez minutos viendo a los Morancos. Y mira que siempre me han gustado estos señores. Después, y a distancia, de Chiquito de la Calzada, siempre les he considerado lo mejor del panorama nacional. Creadores de personajes que, sin ofender a nadie, despellejaban la esencia del ser hispano por excelencia, el del sur. El moro que todos llevamos dentro en este país. De ahí lo de Morancos, supongo. Pero el otro día por la noche, ya digo, me asquearon. Me dio la impresión de que no intentaban hacer otra cosa que política partidista con su humor. Mal asunto hacer chistes en base a la supuesta maldad de políticos y banqueros. La puñetera ideología que todo lo corroe. La maldad de los otros, por definición, nunca puede ser sujeto del humor. En todo caso la propia manifestada en forma de estupidez. En fin, pienso y creo no equivocarme, que qué flaco favor les hizo el guionista y que, más flaco todavía, se lo hicieron a sí mismo aceptando sin rechistar tal bodrio. Quizá, me dije, no sean tan inteligentes como parecían. O acaso el éxito les ha degenerado. A saber...