Si hay una cosa a la que no está dispuesto un pijoprogre así le capen es a prescindir de sus lujos. Ellos, otra cosa cosa no, pero a dar consejos que para sí no tienen no les gana nadie. Lo que pasa es que parece que la gente común les está descubriendo el truco. Se aprecian síntomas al respecto. El otro día casi le limpian el forro a Varoufakis si no se llega a interponer su linda y millonaria esposa. En realidad no estaban haciendo más que cenar en uno de los pocos restaurantes elegantes que quedan en Atenas. Ya saben que la gente es envidiosa. Les vieron llegar con sus chupas de cuero en una supermoto. Ella se quitó el casco y sacudió al aire su rubia melena. La tensión ambiental, como no podía ser menos, subió entonces. Cuando se sentaron en una mesa privilegiada de la terraza sobre los acantilados el público ya no pudo más y se lanzó. La cosa no pasó a mayores porque se interpuso la melena rubia que ya saben el respeto que eso impone entre las gentes sencillas... pero a los dos días el jefe, un tal Chiripas, mandó de vacaciones a Varoufakis.
Claro, con Europa hemos topado. En Europa, sobre todo de Luxemburgo para arriba, el pijoprogrerío da risa hace ya muchos años. Lo dijo aquel famoso canciller de nombre Willy Brandt: el que de joven no es progre es que no tiene corazón, pero el que es progre de mayor es porque es idiota. Y Varoufakis ya entra en la categoría de idiota y por eso han ordenado a su jefe que lo quite de enmedio. Oye, el que paga, manda, y no hay más tú tía. Todo lo demás, cuentos de la mona.
Yo de todas estas cosas sé bastante porque de joven profesé. Inconsciente total de mis muchos privilegios podía resistir hasta altas horas de la madrugada conversando sobre cómo repartir mejor el pastel. Por supuesto que mi trozo ni siquiera se me pasaba por la cabeza que me lo tocasen. Y así fue que necesite de la intoxicación cannabínica para empezar a tomar tierra. Que otra cosa no, pero hay que ver lo que las drogas ayudan a aterrizar suavemente... aunque sabido es que con el peligro de cogerle el gusto y salirte de pista. Pero esa es otra historia. Lo que cuenta es que ahora ni me avergüenzo de mi pijerío ni me fascinan los Varoufakis de turno aunque les flanquee una rubia rica. Por así decirlo, ya hace bastante que soy de Luxemburgo para arriba. En fin.
jueves, 30 de abril de 2015
martes, 28 de abril de 2015
Juegos de la edad tardía
Hace muchos años ya que apenas leo novelas. Se me suelen caer de las manos. Creo que la última española que leí fue "Juegos de la edad tardía", de Luis Landero, una muy ingeniosa y divertida recreación del Ingenioso Hidalgo. Vivía por entonces en Salamanca rodeado de chavales que no hacían sino pasarme libros con la intención de que luego les comentásemos. Sobre todo uno que se llamaba Rogelio, un verdadero letraherido desde que su padre le mandó a pastorear ovejas por la Siberia Extremeña como castigo por sus bajos rendimientos académicos. Él fue el que me habló con entusiasmo de la novela de Landero. De Rogelio perdí la pista completamente, de Landero, poca cosa, algún artículo que me pareció siempre de escasa enjundia e, incluso, intenté sin éxito leer algo que escribió a propósito de la guitarra de la que es un experto tocaor.
El caso es que, por lo que fuere, hoy ha caído en mis manos un artículo de Landero. Muy largo para empezar. Muy jeremiaco para terminar. Después de hacer un bonito canto del paso de la literatura a la filosofía, para, como dice, no acabar convertido en carne de cañón, se lanza a criticar al gobierno porque no hace lo que debiera para fomentar su aprendizaje. En definitiva, uno más de esos intelectuales a la violeta con nostalgia de despotismo ilustrado. "Triste país el nuestro. Trabajando cada cual para obtener sus pequeñas ventajas, nos estamos labrando entre todos la desdicha colectiva", apostilla. La verdad, no entiendo semejante pesimismo si no es por una súbita interrupción de algo que estaba tomando. Bueno, puede ser también que todavía esté en eso de las preferencias ideológicas y no lleve bien que gobiernen unos que les dicen de derechas más que nada para diferenciarles de otros que les dicen de izquierdas por más que tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando.
Es cansino escuchar a tanto notable, el otro día el Gran Ferlosio, lamentarse por los males incurables de la patria. La verdad, no sé de dónde viene esta gente. O en qué burbuja viven. Porque hay que estar sordo, ciego y cerrado a la realidad para no darse cuenta de que este país ha multiplicado en los últimos años por lo menos por mil la gente que prodiga sus esfuerzos a las cosas del espíritu. Se lee más y mejor de todo. Se entiende mejor el cine, el teatro y la música. Se compite sin complejos con los mejores del mundo en todos los campos de la creación. No somos unos cracks, desde luego, pero somos un país que vive muy bien y no precisamente gracias a sus recursos naturales, a no ser que por tal tomemos el ingenio y la creatividad de sus ciudadanos. Ya digo, es cansina tanta negra premonición cuando en realidad lo que pasa aquí no es más que, por lo que sea, que no voy a entrar ahora, hay un exceso de tolerancia hacia los irrespetuosos, es decir, hacia toda esa gente desgraciada que necesita hacerse notar, por lo general desagradablemente, para consolarse de sus desdichas. Y eso, claro, envenena la cotidianidad del ciudadano pacífico, ya sea porque impide la concentración del ocupado, ya sea porque dificulta la recuperación del cansado, ya sea porque eleva a dolorosa la hipersensibilidad de los ociosos crónicos, léase viejos, que como es natural se alivian por medio del manido recurso de la queja. "Y tanto placer había/ en quejarse, un sabio decía..."
Siempre se quejaron los viejos, por otra parte. Son los juegos de la edad tardía. De las acaballas como dicen los catalanes. Supongo que para los que están en trance de entregar la moneda a Caronte pensar que es una mierda todo lo que hay de este lado del Leteo tiene que ser un gran consuelo. En fin, qué vida esta.
El caso es que, por lo que fuere, hoy ha caído en mis manos un artículo de Landero. Muy largo para empezar. Muy jeremiaco para terminar. Después de hacer un bonito canto del paso de la literatura a la filosofía, para, como dice, no acabar convertido en carne de cañón, se lanza a criticar al gobierno porque no hace lo que debiera para fomentar su aprendizaje. En definitiva, uno más de esos intelectuales a la violeta con nostalgia de despotismo ilustrado. "Triste país el nuestro. Trabajando cada cual para obtener sus pequeñas ventajas, nos estamos labrando entre todos la desdicha colectiva", apostilla. La verdad, no entiendo semejante pesimismo si no es por una súbita interrupción de algo que estaba tomando. Bueno, puede ser también que todavía esté en eso de las preferencias ideológicas y no lleve bien que gobiernen unos que les dicen de derechas más que nada para diferenciarles de otros que les dicen de izquierdas por más que tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando.
Es cansino escuchar a tanto notable, el otro día el Gran Ferlosio, lamentarse por los males incurables de la patria. La verdad, no sé de dónde viene esta gente. O en qué burbuja viven. Porque hay que estar sordo, ciego y cerrado a la realidad para no darse cuenta de que este país ha multiplicado en los últimos años por lo menos por mil la gente que prodiga sus esfuerzos a las cosas del espíritu. Se lee más y mejor de todo. Se entiende mejor el cine, el teatro y la música. Se compite sin complejos con los mejores del mundo en todos los campos de la creación. No somos unos cracks, desde luego, pero somos un país que vive muy bien y no precisamente gracias a sus recursos naturales, a no ser que por tal tomemos el ingenio y la creatividad de sus ciudadanos. Ya digo, es cansina tanta negra premonición cuando en realidad lo que pasa aquí no es más que, por lo que sea, que no voy a entrar ahora, hay un exceso de tolerancia hacia los irrespetuosos, es decir, hacia toda esa gente desgraciada que necesita hacerse notar, por lo general desagradablemente, para consolarse de sus desdichas. Y eso, claro, envenena la cotidianidad del ciudadano pacífico, ya sea porque impide la concentración del ocupado, ya sea porque dificulta la recuperación del cansado, ya sea porque eleva a dolorosa la hipersensibilidad de los ociosos crónicos, léase viejos, que como es natural se alivian por medio del manido recurso de la queja. "Y tanto placer había/ en quejarse, un sabio decía..."
Siempre se quejaron los viejos, por otra parte. Son los juegos de la edad tardía. De las acaballas como dicen los catalanes. Supongo que para los que están en trance de entregar la moneda a Caronte pensar que es una mierda todo lo que hay de este lado del Leteo tiene que ser un gran consuelo. En fin, qué vida esta.
domingo, 26 de abril de 2015
Perlas nada más
A veces, sin que uno se lo proponga, la vista cae sobre los titulares de un periódico que alguien dejó abandonado por ahí. Y lee: "Casares se compromete a poner a las personas en el centro de sus políticas". ¡Cáspita! Esto se pone interesante. Sigo leyendo: Valenciano arropa la presentación de la candidatura del PSOE a la alcaldía de Santander y advierte: "De la derecha sólo cabe esperar el saqueo de las cuentas públicas". Ya tengo bastante.
Desde luego que si los hiciesen de encargo no conseguirían tal perfección. Claro, creo recordar que la Sra. Valenciano blasonaba de aburrirse cuando se ponía a estudiar y por eso no estudió nada. El Sr. Casares, no sé, pero por lo que dice podríamos asegurar que de haber estudiado le ha aprovechado bien poco.
El caso es que a mí todo esto de las elecciones que se avecinan me la trae al pairo. Podría ir a votar a Ciudadanos a cuyo parto asistí, pero ya he empezado a constatar que son un poco más de lo mismo. Y es que es inevitable que así sea. El poder, por definición, tiene que ser vertical so pena de ser inoperante. Manda la cúpula elitista y el resto chusmilla sumisa y aprovechada. Y por eso supongo que es que las cosas importantes de este país van incuestionablemente bien desde hace unos sesenta años para acá y, sin embargo, las pequeñas cosas de lo cotidiano, el civismo para que nos entendamos, progresa a paso de tortuga. Es simple y llanamente lo que va de las élites a la chusmilla militante.
Así que buena gana de comerse el coco con este ceremonial de la confusión que son las elecciones. Gane quien gane estaremos en las mismas: seguridad en las cosas importantes y molestias sin cuento en lo demás... nada, en cualquier caso, que no se alivie con pastillas o, en su defecto, copas.
Desde luego que si los hiciesen de encargo no conseguirían tal perfección. Claro, creo recordar que la Sra. Valenciano blasonaba de aburrirse cuando se ponía a estudiar y por eso no estudió nada. El Sr. Casares, no sé, pero por lo que dice podríamos asegurar que de haber estudiado le ha aprovechado bien poco.
El caso es que a mí todo esto de las elecciones que se avecinan me la trae al pairo. Podría ir a votar a Ciudadanos a cuyo parto asistí, pero ya he empezado a constatar que son un poco más de lo mismo. Y es que es inevitable que así sea. El poder, por definición, tiene que ser vertical so pena de ser inoperante. Manda la cúpula elitista y el resto chusmilla sumisa y aprovechada. Y por eso supongo que es que las cosas importantes de este país van incuestionablemente bien desde hace unos sesenta años para acá y, sin embargo, las pequeñas cosas de lo cotidiano, el civismo para que nos entendamos, progresa a paso de tortuga. Es simple y llanamente lo que va de las élites a la chusmilla militante.
Así que buena gana de comerse el coco con este ceremonial de la confusión que son las elecciones. Gane quien gane estaremos en las mismas: seguridad en las cosas importantes y molestias sin cuento en lo demás... nada, en cualquier caso, que no se alivie con pastillas o, en su defecto, copas.
sábado, 25 de abril de 2015
Infiltrados.
No se sabe con qué motivo va el gobierno de turno y filtra la noticia de que hace siete años la policía desarticuló un comando yihadista que pretendía reproducir en Barcelona el mismo atentado que en Madrid produjo ciento y pico víctimas mortales. Precisamente hoy. ¿Por qué hoy? Ingrata tarea en cualquier caso la del policía. Si hay un atentado es en cierta medida un fracaso suyo por no haber sabido prevenirlo, pero si aborta otro, entonces... ¿quién se lo cree?
Un atentado es un hecho constatable, un atentado abortado difícilmente puede pasar de la mera conjetura. Sí, piensan muchos, eso puede que sea verdad, pero también propaganda. Y, también, puede que los moros detenidos, cuando confiesan, inflen el globo de sus siniestros propósitos con el fin de darse importancia. Es muy problemática la verosimilitud de lo que sólo se sustenta en intenciones... y también de lo que precisa de fuertes dosis de fe, o confianza, en las instituciones que se conocen popularmente como "alcantarillas del Estado", justamente esas que, por razones obvias, no admiten la transparencia, debido a lo cual los partidos sin la menor opción de alcanzar algún día el poder dicen querer eliminar.
Sea como sea, todo tiene una lógica. Hace poco desarticularon en Cataluña una célula de yihadistas que, según se dijo, pretendían hacer cosas feas. Pues bien, el consejero del interior del gobierno catalán dejo bien claro ante los medios que la detención la habían hecho en base a las informaciones recibidas de los servicios secretos del Estado, es decir, de las alcantarillas. Una declaración que, en principio, puede parecer humillante para un gobierno que presume de desapego. Pero las cosas son como son. Sin las alcantarillas españolas Cataluña sería un infierno. Justo como sería Europa sin las alcantarillas americanas. Y ya puestos, Europa y EEUU sin las alcantarillas sirias que, por lo visto, son por las que mejor corre la información más interesante.
Porque esa es la cuestión, la imposibilidad de la transparencia. Por lo que me he podido enterar por boca de esos expertos en lo que sea que acuden a los debates de 28´, una cosa es lo que se dice para la galería y otra lo que corre por las alcantarillas. Por ellas, tanto el Sr. Obama como el Sr. Hollande suplican humildemente al monstruo Bashar al Assad que les cuente algo de lo que sabe. Por lo visto los servicios secretos sirios han sido siempre la clave de bóveda de la seguridad en Oriente Medio y ahora de medio mundo.
En fin, a lo que iba, que hay vidas y vidas. El ideal de mi madre sería la del "hombre del traje gris" que con tanto glamour representó en la pantalla Gregorio Pérez. Conseguir algo seguro para dedicar después el tiempo libre a la familia y los hobbies. Un buen hombre en definitiva. Luego está ese de tan poco fiar, como el que representa Coronado en la serie El Principe. El hombre de las alcantarillas. ¿Quién le quisiera a su lado? Mi madre, desde luego, no.
Anyway, cualquiera que se haya preocupado un poco por la historia sabe de sobra que nada, nunca, contribuyó tanto al bienestar en el mundo como las alcantarillas. Todo era construir alcantarillas en una ciudad y empezar a desaparecer enfermedades hasta entonces endémicas. Todo un síntoma. y toda una metáfora. Convendría tenerlo siempre presente.
Un atentado es un hecho constatable, un atentado abortado difícilmente puede pasar de la mera conjetura. Sí, piensan muchos, eso puede que sea verdad, pero también propaganda. Y, también, puede que los moros detenidos, cuando confiesan, inflen el globo de sus siniestros propósitos con el fin de darse importancia. Es muy problemática la verosimilitud de lo que sólo se sustenta en intenciones... y también de lo que precisa de fuertes dosis de fe, o confianza, en las instituciones que se conocen popularmente como "alcantarillas del Estado", justamente esas que, por razones obvias, no admiten la transparencia, debido a lo cual los partidos sin la menor opción de alcanzar algún día el poder dicen querer eliminar.
Sea como sea, todo tiene una lógica. Hace poco desarticularon en Cataluña una célula de yihadistas que, según se dijo, pretendían hacer cosas feas. Pues bien, el consejero del interior del gobierno catalán dejo bien claro ante los medios que la detención la habían hecho en base a las informaciones recibidas de los servicios secretos del Estado, es decir, de las alcantarillas. Una declaración que, en principio, puede parecer humillante para un gobierno que presume de desapego. Pero las cosas son como son. Sin las alcantarillas españolas Cataluña sería un infierno. Justo como sería Europa sin las alcantarillas americanas. Y ya puestos, Europa y EEUU sin las alcantarillas sirias que, por lo visto, son por las que mejor corre la información más interesante.
Porque esa es la cuestión, la imposibilidad de la transparencia. Por lo que me he podido enterar por boca de esos expertos en lo que sea que acuden a los debates de 28´, una cosa es lo que se dice para la galería y otra lo que corre por las alcantarillas. Por ellas, tanto el Sr. Obama como el Sr. Hollande suplican humildemente al monstruo Bashar al Assad que les cuente algo de lo que sabe. Por lo visto los servicios secretos sirios han sido siempre la clave de bóveda de la seguridad en Oriente Medio y ahora de medio mundo.
En fin, a lo que iba, que hay vidas y vidas. El ideal de mi madre sería la del "hombre del traje gris" que con tanto glamour representó en la pantalla Gregorio Pérez. Conseguir algo seguro para dedicar después el tiempo libre a la familia y los hobbies. Un buen hombre en definitiva. Luego está ese de tan poco fiar, como el que representa Coronado en la serie El Principe. El hombre de las alcantarillas. ¿Quién le quisiera a su lado? Mi madre, desde luego, no.
Anyway, cualquiera que se haya preocupado un poco por la historia sabe de sobra que nada, nunca, contribuyó tanto al bienestar en el mundo como las alcantarillas. Todo era construir alcantarillas en una ciudad y empezar a desaparecer enfermedades hasta entonces endémicas. Todo un síntoma. y toda una metáfora. Convendría tenerlo siempre presente.
miércoles, 22 de abril de 2015
Armas
Como era de esperar todos han dicho que al adolescente ese que se ha cargado a un profesor y herido a otros cuantos nadie le había notado nada especial en sus comportamientos. Bueno, claro, salvo que estaba obsesionado con las armas. Es lo de siempre, no se nota nada porque está muy mal visto notar. Sobre todo cuando lo que se nota canta. Entonces, si dices algo, eres un intolerante, o un facha, o un xenófobo, o cualquier cosa que te inhabilita como ser pensante. ¿Porque, cómo no va a cantar que un niño sea aficionado a las armas en estos tiempos de blandurrez que corren por estos pagos? Francamente, yo de haber sido su profesor no le habría quitado la vista de encima. Lo mismo que no se la quito hasta que desaparece por el horizonte a uno de esos jóvenes que se hacen acompañar por un perro de los considerados peligrosos. Porque, vamos a ver, ¿es que es muy normal esa necesidad de protegerse o amedrentar que se esconde tras la afición a las armas o el amor a esos perros?
Que nadie me venga con milongas comprensivas, por favor. Hay gente que está rematadamente mal y por eso hace lo que hace con la intención de consolarse. Vana intención, por cierto, y por eso es tan peligroso hacérselo notar a las bravas, que es como privar de sus muletas a un paralítico. Pero bueno, para eso está el tacto que le dicen o, en su defecto, el oficio de los especialistas en las cosas de la psique. Sea como sea, y aún a sabiendas de la imposibilidad de preverlo todo, una cierta perdida de esa inocencia, que más bien es tontería, respecto de la corrección política al tratar los temas relacionados con la seguridad no vendría mal. Porque, sobre todo desde que los socialdemócratas parten tanto bacalao, hay un verdadero entusiasmo por el eufemismo que no es otra cosa que el intento, también vano, de dulcificar una realidad que, como todo el mundo sabe, es sobre todo tozuda y tarde o temprano acabará por enseñar sus dientes.
La tozuda realidad, esa es la cuestión, que prácticamente todos y cada uno de nosotros sufrimos, a veces en demasía, por cuestiones las más de las veces banales. Sólo hay que observar a los más próximos y, no digo ya, a uno mismo. En vez de dar gracias a los dioses omnipotentes por todo lo que tenemos, nos dolemos sin remedio porque un oscuro objeto del deseo se nos hurta. Un malestar difuso que se traduce en ansiedad, angustia, mala leche... y si en esas estamos y va el demonio y las enreda, pues eso, que a nadie le puede extrañar que hagamos cualquier tontería e, incluso, barbaridad.
Así que, ya digo, si no conviene perder de vista a nadie, empezando por uno mismo, no digo ya lo que habrá que vigilar a un adolescente aficionado a las armas o los perros peligrosos. Porque para cualquiera que no este obnubilado por el síndrome socialdemócrata esos serán síntomas premonitorios de conductas imprevisibles y tirando a malos agüeros. En fin, que mejor facha que fiambre.
Que nadie me venga con milongas comprensivas, por favor. Hay gente que está rematadamente mal y por eso hace lo que hace con la intención de consolarse. Vana intención, por cierto, y por eso es tan peligroso hacérselo notar a las bravas, que es como privar de sus muletas a un paralítico. Pero bueno, para eso está el tacto que le dicen o, en su defecto, el oficio de los especialistas en las cosas de la psique. Sea como sea, y aún a sabiendas de la imposibilidad de preverlo todo, una cierta perdida de esa inocencia, que más bien es tontería, respecto de la corrección política al tratar los temas relacionados con la seguridad no vendría mal. Porque, sobre todo desde que los socialdemócratas parten tanto bacalao, hay un verdadero entusiasmo por el eufemismo que no es otra cosa que el intento, también vano, de dulcificar una realidad que, como todo el mundo sabe, es sobre todo tozuda y tarde o temprano acabará por enseñar sus dientes.
La tozuda realidad, esa es la cuestión, que prácticamente todos y cada uno de nosotros sufrimos, a veces en demasía, por cuestiones las más de las veces banales. Sólo hay que observar a los más próximos y, no digo ya, a uno mismo. En vez de dar gracias a los dioses omnipotentes por todo lo que tenemos, nos dolemos sin remedio porque un oscuro objeto del deseo se nos hurta. Un malestar difuso que se traduce en ansiedad, angustia, mala leche... y si en esas estamos y va el demonio y las enreda, pues eso, que a nadie le puede extrañar que hagamos cualquier tontería e, incluso, barbaridad.
Así que, ya digo, si no conviene perder de vista a nadie, empezando por uno mismo, no digo ya lo que habrá que vigilar a un adolescente aficionado a las armas o los perros peligrosos. Porque para cualquiera que no este obnubilado por el síndrome socialdemócrata esos serán síntomas premonitorios de conductas imprevisibles y tirando a malos agüeros. En fin, que mejor facha que fiambre.
jueves, 16 de abril de 2015
Teogonias
Es obvio que el conocimiento de la realidad del mundo es muy limitado. Por mucho que parezca que se sabe no nos hemos distanciado mucho de los que pintaron los bisontes de Altamira. Y tampoco parece probable que se vaya a llegar mucho más allá de donde estamos, constatación ésta que para muchas personas es más de lo que humanamente se puede soportar. Y de ahí supongo es que hayan surgido a lo largo de la historia multitud de explicaciones que lo único que tienen en común es lo niquelado que queda todo el asunto a condición únicamente de creer lo que no vimos. Es decir, de tener esa cosa que por lo visto, según afirman los que la tienen, es un don de Dios impagable, a saber, la fe.
Para mí, sin embargo, lo de tener fe no es otra cosa que una muleta que permite transitar por la vida con más o menos disimulo a los que sufren, ya sea de cortedad mental, ya sea de cobardía estructural. Por así decirlo, con la fe los alimentos del espíritu se te dan ya masticados y digeridos. Tú, sólo tienes que absorberlos y a vivir que son dos días. Así que, qué de extraño tiene que los creyentes anden por el mundo tan ufanos, seguros de sí mismos y, sobre todo, dispuestos a masacrar a todo aquel que de muestras de vivir tan guapamente sin necesidad de acogerse a tan digeridos alimentos: los infieles.
Y que conste que no me estoy refiriendo aquí a musulmanes, cristianos, judíos, hindús, budistas y demás formas exageradas de la patología creyente, no, estoy tratando de indagar en esas formas sutiles de las que nadie se libra por aquello de que nadie escapa en el transcurso de la vida a un mal momento que desbarata las defensas y te deja a merced de los vendedores de humo. Y entonces vas y te adhieres a lo que sea que te alivia el marasmo y te proporciona como un a modo de aura que al facilitar la vida inutiliza el discernimiento. Y ya estás pringao para los restos y, encima, contento de estarlo. Y, ¡ay de quién te lo cuestione! La lista de improperios que te proporciona la fe es ilimitada como ilimitado es el miedo del que no se reconoce.
En fin, Pilarín, y con esto y un bizcocho me voy por ahí a ver si encuentro un descreído que echarme al coleto. Difícil me lo pongo.
Para mí, sin embargo, lo de tener fe no es otra cosa que una muleta que permite transitar por la vida con más o menos disimulo a los que sufren, ya sea de cortedad mental, ya sea de cobardía estructural. Por así decirlo, con la fe los alimentos del espíritu se te dan ya masticados y digeridos. Tú, sólo tienes que absorberlos y a vivir que son dos días. Así que, qué de extraño tiene que los creyentes anden por el mundo tan ufanos, seguros de sí mismos y, sobre todo, dispuestos a masacrar a todo aquel que de muestras de vivir tan guapamente sin necesidad de acogerse a tan digeridos alimentos: los infieles.
Y que conste que no me estoy refiriendo aquí a musulmanes, cristianos, judíos, hindús, budistas y demás formas exageradas de la patología creyente, no, estoy tratando de indagar en esas formas sutiles de las que nadie se libra por aquello de que nadie escapa en el transcurso de la vida a un mal momento que desbarata las defensas y te deja a merced de los vendedores de humo. Y entonces vas y te adhieres a lo que sea que te alivia el marasmo y te proporciona como un a modo de aura que al facilitar la vida inutiliza el discernimiento. Y ya estás pringao para los restos y, encima, contento de estarlo. Y, ¡ay de quién te lo cuestione! La lista de improperios que te proporciona la fe es ilimitada como ilimitado es el miedo del que no se reconoce.
En fin, Pilarín, y con esto y un bizcocho me voy por ahí a ver si encuentro un descreído que echarme al coleto. Difícil me lo pongo.
martes, 14 de abril de 2015
Declinismo
Yo, ya, prácticamente nunca viajo en coche, pero cuando lo he hecho creo recordar que el parabrisas, salvo en caso de lluvia, ha permanecido igual de limpio desde el comienzo hasta el final del trayecto. Es una cosa que no llama la atención, pero, sin embargo, si miramos un poco para atrás, tendremos la visión de unos parabrisas trufados de insectos despatarrados y, en algunos casos, con notable efusión sanguínea. En un viaje de Barcelona a Salamanca, por ejemplo, era imprescindible limpiar el parabrisas a medio camino so pena de continuar a ciegas. Sin duda, no por pasar desapercibido deja de tener este cambio una significación que viene como de molde para sustentar las teorías de esa corriente filosófica que se ha dado en llamar declinismo.
En realidad, por lo que he podido colegir escuchando a los infatigables especuladores franceses, el declinismo no es más que el intento de elaborar una sofisticada teoría para explicar algo tan simple como es la sensación que tiene mucha gente de que se está yendo a menos. Algo, por otra parte, absolutamente inevitable cuando se llebavan demasiados años creyendo que todo el monte es orégano.
Pues sí, los insectos se han esfumado de las carreteras y sus alrrededores, o sea, de la faz de la tierra. Y con su desaparición los pájaros que se alimentaban de ellos también han huido a mundos más propicios. La cadena, supongo es infinita y, los declinistas, que las pillan al vuelo, ya están casi viviendo aquel viejo ideal en el sólo subsistían a la debacle las especies más resistentes, o sea, cucarachas, ratas, acaso algún córvido, y unos cuantos humanos que viven en el desierto en plan Max Mad.
Yo, a este respecto declinista, ni entro ni salgo que bastante tengo con lo mío. Pero sí creo percibir que hay en el mundo demasiada gente que por descuido se lo acaba tragando todo. Desde una ópera de Wagner a un resort en el Caribe, pasando por las delicias de la cocina esferificada y la práctica del canicross. Y, claro, de antiguo es sabido que no hay motor para la melancolía como la glotonería de placer y buen gusto. Sobre esto hay un corpus doctrinal dejado por los pensadores del Bajo Imperio en el que no queda resquicio a la duda.
En fin, que sí, que ya no vemos estrellas ni nos pican los mosquitos, ni nos salen sabañones, ni todas aquellas cosas de cuando éramos felices porque cada día que pasaba adquiríamos un nuevo cachivache. Ahora hay que conformarse con ir tirando con lo que hay que, como digo, es penosamente trabajoso a nada que quieras añadirle un poco de picante.
Por lo demás, supongo, todo es ley de vida. Lo de abajo sube y lo de arriba baja. Así que el único consuelo que nos queda es el del chiste: disfrutar lo que dura dura. Y allá cuidados, como los corderos asados de Terete.
En realidad, por lo que he podido colegir escuchando a los infatigables especuladores franceses, el declinismo no es más que el intento de elaborar una sofisticada teoría para explicar algo tan simple como es la sensación que tiene mucha gente de que se está yendo a menos. Algo, por otra parte, absolutamente inevitable cuando se llebavan demasiados años creyendo que todo el monte es orégano.
Pues sí, los insectos se han esfumado de las carreteras y sus alrrededores, o sea, de la faz de la tierra. Y con su desaparición los pájaros que se alimentaban de ellos también han huido a mundos más propicios. La cadena, supongo es infinita y, los declinistas, que las pillan al vuelo, ya están casi viviendo aquel viejo ideal en el sólo subsistían a la debacle las especies más resistentes, o sea, cucarachas, ratas, acaso algún córvido, y unos cuantos humanos que viven en el desierto en plan Max Mad.
Yo, a este respecto declinista, ni entro ni salgo que bastante tengo con lo mío. Pero sí creo percibir que hay en el mundo demasiada gente que por descuido se lo acaba tragando todo. Desde una ópera de Wagner a un resort en el Caribe, pasando por las delicias de la cocina esferificada y la práctica del canicross. Y, claro, de antiguo es sabido que no hay motor para la melancolía como la glotonería de placer y buen gusto. Sobre esto hay un corpus doctrinal dejado por los pensadores del Bajo Imperio en el que no queda resquicio a la duda.
En fin, que sí, que ya no vemos estrellas ni nos pican los mosquitos, ni nos salen sabañones, ni todas aquellas cosas de cuando éramos felices porque cada día que pasaba adquiríamos un nuevo cachivache. Ahora hay que conformarse con ir tirando con lo que hay que, como digo, es penosamente trabajoso a nada que quieras añadirle un poco de picante.
Por lo demás, supongo, todo es ley de vida. Lo de abajo sube y lo de arriba baja. Así que el único consuelo que nos queda es el del chiste: disfrutar lo que dura dura. Y allá cuidados, como los corderos asados de Terete.
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