Mientras esperaba para tomar el tren en la estación de Chamartín me demoré un rato en una librería de feria que había por allí. Los libros de auto-ayuda se llevaban la palma. De pronto mi vista se sintió atraída por un título: "Gente tóxica", de un tal Bernardo Stamateas. Me puse a inspeccionalo. Ya en la portada te conmina a deshacerte de la gente que entorpece tu vida. Luego, en el interior, montones de citas de autores consagrados animando a no dejarse chupar la sangre y dando consejos sobre la mejor manera de clavar la estaca en el corazón del vampiro. Por un instante estuve tentado de comprarle, pero, ya digo, sólo por un instante. De inmediato caí en la cuenta de que entre todas las citas que había leído no había ni una que hiciese referencia a la introspección necesaria para calibrar la propia toxicidad. Porque, pienso, de poco sirve saber, o suponer, la toxicidad de los otros si desconoces la tuya. Claro, quizá mi somera ojeada, u hojeada, no me dio una idea cierta del contenido del libro, porque el caso es que a su lado había otro del mismo autor de título "Emociones tóxicas" que, ese sí, prometía en su portada el cómo identificarlas como paso previo para deshacerse de ellas.
Sin duda el asunto de la toxicidad, tanto la propia como la que viene de fuera, es de una trascendencia vital en lo que a las relaciones humanas se refiere. Todos tendemos a distanciarnos de los que percibimos como tóxicos para nuestro bienestar de la misma manera que otros se nos alejan sin que sea por nuestra voluntad. Y nada de ello, para nuestra desgracia, es banal. Suele discurrir con más o menos sufrimiento en función de las escamas que uno haya ido acumulando sobre las neuronas, ya sea por el más común procedimiento de recibir palos, ya sea por la esforzada ilustración. Sin descartar, claro está, que las escamas estén allí de nacimiento, que no sabe uno si, entonces, es don o maldición
Sea como sea, le experiencia me dice que pocas cosas hay más desagradables en la vida que la conciencia de la propia toxicidad. Una veces sobrevenida por la humillación recibida de parte de alguien al que has intentado trasladar tus noxas y otras porque, sin más, caes en la cuenta de que tienes una halitosis que más vale que pongas tierra por medio so pena de marchitar las flores. En fin, todo esto, como no podría ser de otra forma, está especialmente condicionado por los estados de ánimo y por tal es que la ingestión de una cerveza sirva a veces para cambiar las tornas y sentir digo donde sentiste Diego. Anyway, conviene ser muy cuidadoso con estos asuntos que no por otra cosa Apolo era como era y tomaba siempre aquella lejanía que, al final, acabó convirtiendose en la característa más definitoria de su personalidad. Desde lejos, desde luego, es difícil que los demás perciban tu halitosis y, por supuesto, que a ti te afecte la ajena.
En definitiva, que me voy por ahí a ver si consigo escampar la boira.
jueves, 27 de agosto de 2015
domingo, 23 de agosto de 2015
En cuclillas sobre el bolardo
Ayer por la tarde fui a pasar un rato con mi madre y hermana. No hacía ni tres minutos que había llegado cuando mi hermana me contó con aires de desolación que habían cerrado la tienda de guitarras de debajo y que en su lugar iban a abrir un chino. Como conozco el percal me limité a responder que era el signo de los tiempos. Creí que con eso había quedado zanjado el ataque, pero mi madre, que tiene una sordera bien administrada, o sea, que oye lo que quiere, entró en la liza con un "no me gustan nada los chinos". Y por qué no te gustan mamá, pregunté yo a sabiendas de la respuesta. "Porque no me fío de ellos". Y por qué no te fías, proseguí. "Pues no sé, porque no me gustan". Alguna vez, en semejante tesitura, yo le había recordado que ella era cristiana practicante, pero como si le hubiese dicho que por el mar corren las liebres. Así que interrumpí el diálogo para besugos, mil veces ya tenido, y me dedique a pensar.
A pensar que difícilmente se podría encontrar un ejemplo más explícito de xenofobia. Y cómo personas por lo demás cultas y razonables pueden estar poseídas por ese resentimiento demoledor. Se podría especular hasta el infinito que si es por esto o por aquello, pero, en definitiva, siempre será por pura irracionalidad. Por el no saber luchar contra el natural sentimiento de inseguridad más que por medio del sacrificio del chivo expiatorio. Por el odio al otro que se supone diferente. Por miseria moral para ser claros. Porque es que el caso es que tanto la una como la otra se habían fartao a decir desprecios de las andinas y ahora que las duras circunstancias les han obligado a recurrir a una de ellas no saben si la ven o la sueñan. Todo son alabanzas. ¡Hay que joderse!
Por lo demás, esta mañana, aprovechando que las temperaturas son casi otoñales, he agarrado el metro y me he plantado en Usera. Usera por decir algo porque en realidad debiera llamarse China Town. Sabor de barrio, tesoro antiguo. He querido hacer una foto a un chino joven que hablaba por el móvil en cuclillas sobre un bolardo, pero no me ha dado tiempo a sacar el teléfono. Me hubiese gustado ofrecerles esa información gráfica porque, además, hubiesen podido comprobar que todo el fondo era de carteles publicitarios en chino. Restaurantes, peluquerías, supermercados, inmobiliarias, bazares, moda, algún bar de chicas y, por supuesto, en la principal encrucijada, las casas de juego. Me hubiese quedado a comer pero era muy pronto y no tenía el menor atisbo de hambre. Pero volveré porque me ha parecido un lugar fascinante donde les haya.
En fin, que gracias mil otra vez a los dioses omnipotentes por haberme concedido vivir en estos tiempos y lugares tan sumamente privilegiados.
A pensar que difícilmente se podría encontrar un ejemplo más explícito de xenofobia. Y cómo personas por lo demás cultas y razonables pueden estar poseídas por ese resentimiento demoledor. Se podría especular hasta el infinito que si es por esto o por aquello, pero, en definitiva, siempre será por pura irracionalidad. Por el no saber luchar contra el natural sentimiento de inseguridad más que por medio del sacrificio del chivo expiatorio. Por el odio al otro que se supone diferente. Por miseria moral para ser claros. Porque es que el caso es que tanto la una como la otra se habían fartao a decir desprecios de las andinas y ahora que las duras circunstancias les han obligado a recurrir a una de ellas no saben si la ven o la sueñan. Todo son alabanzas. ¡Hay que joderse!
Por lo demás, esta mañana, aprovechando que las temperaturas son casi otoñales, he agarrado el metro y me he plantado en Usera. Usera por decir algo porque en realidad debiera llamarse China Town. Sabor de barrio, tesoro antiguo. He querido hacer una foto a un chino joven que hablaba por el móvil en cuclillas sobre un bolardo, pero no me ha dado tiempo a sacar el teléfono. Me hubiese gustado ofrecerles esa información gráfica porque, además, hubiesen podido comprobar que todo el fondo era de carteles publicitarios en chino. Restaurantes, peluquerías, supermercados, inmobiliarias, bazares, moda, algún bar de chicas y, por supuesto, en la principal encrucijada, las casas de juego. Me hubiese quedado a comer pero era muy pronto y no tenía el menor atisbo de hambre. Pero volveré porque me ha parecido un lugar fascinante donde les haya.
En fin, que gracias mil otra vez a los dioses omnipotentes por haberme concedido vivir en estos tiempos y lugares tan sumamente privilegiados.
sábado, 22 de agosto de 2015
Dos cabalgan juntos
No sé cuanta gente hay por ahí que si les dices Ashley Madison no saben de verdad de qué estás hablando. Porque en estas cosas de la privacidad la cautela se impone por goleada a la sinceridad. Y no por nada sino porque, como dijo el sabio, la hipocresía es un homenaje que el vicio hace a la virtud. El vicio y la virtud: dos cabalgan juntos.
Pues bien, Ashley Madison ha sido noticia estos días porque ha dejado a una gran porción de la parte virtuosa de la humanidad a la vista del respetable con el calzón caído. Unos hackers han entrado en sus dominios y se han apoderado de sus archivos que, por así decirlo, son la carga de la prueba de cómo el vicio discreto homenajea a la virtud. A veces, o al final siempre, la verdad sale a la luz por los inescrutables caminos que usa la divinidad. Así que buena gana de esforzarse por ocultar según qué cosas, las del fornicio en concreto que, si bien se mira, tan inocentes son.
Bueno, pues les diré, si ustedes cogen, agarran y, por lo que sea que les apetece, se ponen a ver porno, comprobarán que cada vez que intentan iniciar un vídeo se les cuela otro que se lo impide. La dichosa propaganda. No te mates a pajas, llama a tal número. Soy Titiana y soy tu vecina, en cinco minutos puedo estar en tu casa. Cosas así que sólo hay que clikar en la crucecita adyacente para eliminarlas y ya puedes iniciar el vídeo. Pero hay una página que persiste en inmiscuirse como ninguna ofreciendo discreción total para las relaciones extramatimoniales. Eso es Ashley Madison. Te inscribes, supongo que pagas una pequeña cantidad y puedes estar seguro que por muy roto que seas tienes cerca de donde vives unos cuantos descosidos entre los que escoger. Yo, la verdad, me he sentido tentado más de una vez de hacer uso de semejante prodigio pero siempre me ha vencido la pereza y, ahora, después de lo de los hackers, me alegro de que así haya sido... porque menudo tostón hubiese supuesto tener que dar a estas alturas explicaciones por haber sido cogido in fraganti.
Lo demás, lo que todos, y todas, sospechábamos: en dando facilidades el vicio lúbrico se desborda. Por eso no viene a cuento el hacerse el sorprendido por los millones de clientes que la citada página tenía por todo el mundo. Millones y millones de clientes homenajeando a la virtud. Desde luego que the Holy Father debiera mencionar el prodigio en su Angelus de los domingos.
Pues bien, Ashley Madison ha sido noticia estos días porque ha dejado a una gran porción de la parte virtuosa de la humanidad a la vista del respetable con el calzón caído. Unos hackers han entrado en sus dominios y se han apoderado de sus archivos que, por así decirlo, son la carga de la prueba de cómo el vicio discreto homenajea a la virtud. A veces, o al final siempre, la verdad sale a la luz por los inescrutables caminos que usa la divinidad. Así que buena gana de esforzarse por ocultar según qué cosas, las del fornicio en concreto que, si bien se mira, tan inocentes son.
Bueno, pues les diré, si ustedes cogen, agarran y, por lo que sea que les apetece, se ponen a ver porno, comprobarán que cada vez que intentan iniciar un vídeo se les cuela otro que se lo impide. La dichosa propaganda. No te mates a pajas, llama a tal número. Soy Titiana y soy tu vecina, en cinco minutos puedo estar en tu casa. Cosas así que sólo hay que clikar en la crucecita adyacente para eliminarlas y ya puedes iniciar el vídeo. Pero hay una página que persiste en inmiscuirse como ninguna ofreciendo discreción total para las relaciones extramatimoniales. Eso es Ashley Madison. Te inscribes, supongo que pagas una pequeña cantidad y puedes estar seguro que por muy roto que seas tienes cerca de donde vives unos cuantos descosidos entre los que escoger. Yo, la verdad, me he sentido tentado más de una vez de hacer uso de semejante prodigio pero siempre me ha vencido la pereza y, ahora, después de lo de los hackers, me alegro de que así haya sido... porque menudo tostón hubiese supuesto tener que dar a estas alturas explicaciones por haber sido cogido in fraganti.
Lo demás, lo que todos, y todas, sospechábamos: en dando facilidades el vicio lúbrico se desborda. Por eso no viene a cuento el hacerse el sorprendido por los millones de clientes que la citada página tenía por todo el mundo. Millones y millones de clientes homenajeando a la virtud. Desde luego que the Holy Father debiera mencionar el prodigio en su Angelus de los domingos.
jueves, 20 de agosto de 2015
Alcantarillas
Una vez Felipe González, cuando los cínicos se le echaron encima con motivo de aquel asunto de los GAL o cosa parecida, habló de la inevitabilidad de las alcantarillas del Estado. ¡Dios mío! Los purísimos se estremecieron de tan solo pensar que nosotros pudiésemos tener aquí una cosa tan demoniaca y pestilente como la CIA. La verdad es que a esos purísimos lo de la KGB les daba igual porque todo lo que había en la UURS no podía ser sino para bien de la humanidad. Sea como sea, los cínicos, con Aznar a la cabeza, iban en plan de sacar tajada porque estaban seguros que las inmensas legiones de descerebrados, los purísimos, les iban a seguir a pies juntillas. Y así fue: Felipe González, alcantarillas mediante, asestó el golpe definitivo al carlismo vasco, pero quedó impregnado del olor fétido que desprenden los desagües. En adelante, ya nadie quería ser su amigo porque, sencillamente, olía mal.
El mal olor es de las cosas más desagradables que existen. Y por eso combatirlo se convirtió desde los inicios de la civilización en una de las industrias más rentables. Que se lo digan, si no, a Paco Rabane. El caso es que en uno de los episodios de mi ya largo deambular por el mundo fui a dar a una región de apariencia bastante paradisíaca. Hasta que soplaron los vientos en la dirección inadecuada. Entonces el hedor me impregnó de tal manera que ya no pude tener otro deseo que no fuese quedarme anósmico. O anósmico o escapar. Porque aquel paraíso resultó tener las alcantarillas más pestilentes del país no por otra cosa que porque allí era donde se producían la mayor parte de esas maravillas que atiborran las estanterías charcuteras de los supermercados de la toda la Unión.
Pero, en fin, ya se sabe que esos paraísos para melancólicos sólo lo pueden ser por tener un cierto contrapunto de inhospitabilidad. Ya lo vimos en aquella serie "Northern Exposure". Sin los 40º bajo cero, Alaska en estos momentos sería la Costa del Sol. Afortunadamente, a los melancólicos les queda el recurso de la adaptación a la adversidad extrema para seguir soñando. Y eso es lo que había hecho, adaptarse, una señora belga que habitaba aquellos entornos malolientes. Se había instalado en un masía de ensueño y aprendido los socaires más convenientes para los vientos inadecuados. Se la veía feliz cultivando su huerto, pintando los paisajes del entorno y acariciando a su legión de mascotas... pero, ¡ay!, la serpiente siempre habita el paraíso. Un buen día, a un kilómetro de su casa, hacia el noroeste, de donde viene el asesino y frecuente cierzo, empezaron a levantar una fábrica de comida para mascotas. La belga, y por demás flamenca, se temió lo peor y empezó una campaña de activismo social para parar aquella empresa maligna. No topó con la Iglesia sino con algo peor: una multinacional americana. En tres meses las chimeneas ya echaban humo y, si el viento era adverso, el hedor que llegaba hasta mi demeure, que estaba a unos cuatro kilómetros, dejaba en cosa de risa al que despedían las granjas charcuteras. No sé en que acabaría lo de la belga, y flamenca, porque yo, a D. G., hice el petate y marche en busca de nuevos paraísos... los melancólicos no tenemos solución al respecto.
Les cuento estas tonterías a propósito del revuelo que hay armado por una encíclica, Laudato si, publicada recientemente por el lenguaraz Francisco. Es lo que tiene ser un líder sudamericano, y ya no digo si es argentino, que es que muestran una habilidad innata para decirle a la gente lo que a la gente le gusta escuchar. Y qué es lo que a la gente le gusta escuchar sobre todas las cosas, pues eso, que es posible un mundo sin alcantarillas y fábricas de comida para mascotas. Cuestión sólo de buena voluntad. Lo que le falta a la CIA y a las multinacionales sobre todo si son yankis. Los enemigos de la humanidad. Y de la animalidad. En fin, chorradas.
El mal olor es de las cosas más desagradables que existen. Y por eso combatirlo se convirtió desde los inicios de la civilización en una de las industrias más rentables. Que se lo digan, si no, a Paco Rabane. El caso es que en uno de los episodios de mi ya largo deambular por el mundo fui a dar a una región de apariencia bastante paradisíaca. Hasta que soplaron los vientos en la dirección inadecuada. Entonces el hedor me impregnó de tal manera que ya no pude tener otro deseo que no fuese quedarme anósmico. O anósmico o escapar. Porque aquel paraíso resultó tener las alcantarillas más pestilentes del país no por otra cosa que porque allí era donde se producían la mayor parte de esas maravillas que atiborran las estanterías charcuteras de los supermercados de la toda la Unión.
Pero, en fin, ya se sabe que esos paraísos para melancólicos sólo lo pueden ser por tener un cierto contrapunto de inhospitabilidad. Ya lo vimos en aquella serie "Northern Exposure". Sin los 40º bajo cero, Alaska en estos momentos sería la Costa del Sol. Afortunadamente, a los melancólicos les queda el recurso de la adaptación a la adversidad extrema para seguir soñando. Y eso es lo que había hecho, adaptarse, una señora belga que habitaba aquellos entornos malolientes. Se había instalado en un masía de ensueño y aprendido los socaires más convenientes para los vientos inadecuados. Se la veía feliz cultivando su huerto, pintando los paisajes del entorno y acariciando a su legión de mascotas... pero, ¡ay!, la serpiente siempre habita el paraíso. Un buen día, a un kilómetro de su casa, hacia el noroeste, de donde viene el asesino y frecuente cierzo, empezaron a levantar una fábrica de comida para mascotas. La belga, y por demás flamenca, se temió lo peor y empezó una campaña de activismo social para parar aquella empresa maligna. No topó con la Iglesia sino con algo peor: una multinacional americana. En tres meses las chimeneas ya echaban humo y, si el viento era adverso, el hedor que llegaba hasta mi demeure, que estaba a unos cuatro kilómetros, dejaba en cosa de risa al que despedían las granjas charcuteras. No sé en que acabaría lo de la belga, y flamenca, porque yo, a D. G., hice el petate y marche en busca de nuevos paraísos... los melancólicos no tenemos solución al respecto.
Les cuento estas tonterías a propósito del revuelo que hay armado por una encíclica, Laudato si, publicada recientemente por el lenguaraz Francisco. Es lo que tiene ser un líder sudamericano, y ya no digo si es argentino, que es que muestran una habilidad innata para decirle a la gente lo que a la gente le gusta escuchar. Y qué es lo que a la gente le gusta escuchar sobre todas las cosas, pues eso, que es posible un mundo sin alcantarillas y fábricas de comida para mascotas. Cuestión sólo de buena voluntad. Lo que le falta a la CIA y a las multinacionales sobre todo si son yankis. Los enemigos de la humanidad. Y de la animalidad. En fin, chorradas.
miércoles, 19 de agosto de 2015
Genuflexiones
Ayer por la tarde, cuando pasaba junto al teatro de marionetas que hay en el Retiro, pude ver que en un trozo de césped se habían instalado una media docena de tipos que no paraban de hacer genuflexiones en dirección a la Meca. Por los alrededores pululaban las sombras siniestras de las que no podían ser otra cosa que sus señoras. Es curioso la cantidad de musulmanes que andan por el Retiro. Un anticipo de su soñado paraíso, sin duda, en el que lo preceptivo, al parecer, es que las mujeres vayan veladas a cal y canto, por lo general de luto riguroso. Me pregunto si esa gente sabrá que escondido en una esquina del parque hay un monumento conmemorativo a las víctimas de la masacre que sus correligionarios causaron un 11 de marzo no lejano para mayor gloria de Alá. Bueno, en cualquier caso la gente que pasaba cabe a los orantes no hacía más caso del que suelen hacer cuando pasan junto a una pareja de fornicantes. Es lo que tiene haber llegado a ese grado de bienestar colectivo en el que los individuos pasan olímpicamente de todo tipo de exhibicionismos.
Sin embargo, como bien es sabido, sólo hay que que rascar un poco para que las cosas no sean lo que a primera vista parecen. ¿Por qué la misma gente que muestra esa aparente tolerancia infinita hacia los correligionarios de los que nos ponen bombas bajo el culo no puede tolerar que actúe en un festival veraniego un cantante judío? Los judíos son odiosos por naturaleza para demasiada gente. Ahora es porque oprimen a los palestinos. Antes era porque practicaban la usura. Otras veces porque envenenaban las aguas de la traída. Motivos pintorescos nunca han faltado, aunque si a mí me diesen a escoger uno con visos de sustancia real diría que es el de "porque mataron a Cristo". Porque es que a la gente, aunque haga como que no, le entusiasma Cristo por la misma razón que le encantan todas las ideologías que ofrecen duros a cuatro pesetas. Acuérdense de con qué facilidad multiplicaba aquel tipo los panes y los peces. Por no hablar de lo barata que le salía la sanidad que sólo necesitaba un ligero roce de sus manos para curar lo que fuese. O la facilidad con que lo aprendía todo que a los doce años, por arte de birli-birloque, sabía mil veces más que cualquiera que tuviese cinco doctorados por Harvard. No, desde luego, haberse cargado ese mito no puede tener perdón. Que lo paguen por los siglos de los siglos.
Ahora que, lo que me gustaría saber es qué les pasa por la cabeza a esas mujeres veladas cuando pasean entre mujeres medio despelotadas que retozan por el césped con sus chorbos. Lo que se les pasa a sus maridos me resulta más sencillo: ese exhibicionismo ramplón como de superioridad moral no puede se otra cosa que una lacerante falta de seguridad en sí mismos. Y como todos los inseguros, sádicos. Disfrutando de la tortura que infringen a sus mujeres al obligarlas a tragarse con la vista las delicias de la libertad que se están perdiendo porque a ellos les sale de la punta el nabo. Unos desgraciados peligrosos, sin duda, a los que convendría parar los pies antes de que sea demasiado tarde, mismamente como, ayer mismo por la noche, en un programa televisivo, vi que preconizaba un tal Albiol al que los cristianos camuflados de progres se han apresurado a llamar nazi.
En fin, qué entretenida por alambicada es la realidad que nos rodea. Y cuántas gracias tenemos que dar a los dioses omnipotentes por habernos hecho nacer en un lugar donde ese alambicamiento se digiere sin dejar más rastro que unas inodoras ventosidades. Perdonen el alarde escatológico.
Sin embargo, como bien es sabido, sólo hay que que rascar un poco para que las cosas no sean lo que a primera vista parecen. ¿Por qué la misma gente que muestra esa aparente tolerancia infinita hacia los correligionarios de los que nos ponen bombas bajo el culo no puede tolerar que actúe en un festival veraniego un cantante judío? Los judíos son odiosos por naturaleza para demasiada gente. Ahora es porque oprimen a los palestinos. Antes era porque practicaban la usura. Otras veces porque envenenaban las aguas de la traída. Motivos pintorescos nunca han faltado, aunque si a mí me diesen a escoger uno con visos de sustancia real diría que es el de "porque mataron a Cristo". Porque es que a la gente, aunque haga como que no, le entusiasma Cristo por la misma razón que le encantan todas las ideologías que ofrecen duros a cuatro pesetas. Acuérdense de con qué facilidad multiplicaba aquel tipo los panes y los peces. Por no hablar de lo barata que le salía la sanidad que sólo necesitaba un ligero roce de sus manos para curar lo que fuese. O la facilidad con que lo aprendía todo que a los doce años, por arte de birli-birloque, sabía mil veces más que cualquiera que tuviese cinco doctorados por Harvard. No, desde luego, haberse cargado ese mito no puede tener perdón. Que lo paguen por los siglos de los siglos.
Ahora que, lo que me gustaría saber es qué les pasa por la cabeza a esas mujeres veladas cuando pasean entre mujeres medio despelotadas que retozan por el césped con sus chorbos. Lo que se les pasa a sus maridos me resulta más sencillo: ese exhibicionismo ramplón como de superioridad moral no puede se otra cosa que una lacerante falta de seguridad en sí mismos. Y como todos los inseguros, sádicos. Disfrutando de la tortura que infringen a sus mujeres al obligarlas a tragarse con la vista las delicias de la libertad que se están perdiendo porque a ellos les sale de la punta el nabo. Unos desgraciados peligrosos, sin duda, a los que convendría parar los pies antes de que sea demasiado tarde, mismamente como, ayer mismo por la noche, en un programa televisivo, vi que preconizaba un tal Albiol al que los cristianos camuflados de progres se han apresurado a llamar nazi.
En fin, qué entretenida por alambicada es la realidad que nos rodea. Y cuántas gracias tenemos que dar a los dioses omnipotentes por habernos hecho nacer en un lugar donde ese alambicamiento se digiere sin dejar más rastro que unas inodoras ventosidades. Perdonen el alarde escatológico.
martes, 18 de agosto de 2015
El dato y el reto
Un jugador del Club de Fútbol Barcelona F. C., le ha soltado al árbitro en mitad del partido un "me cago en tu puta madre" como una casa. El árbitro, como es de recibo en el mundillo al que pertenece, se ha sentido aludido y ha hecho uso de su omnímoda autoridad, de resultas de lo cual ha sacado tarjeta roja al lenguaraz jugador. Lo que a continuación está en juego es el número de partidos de los que se verá privado el susodicho cosa que, como es preceptivo, deberá ser determinado por un órgano disciplinario constituido a tal efecto. Por el medio, millones de litros de tinta y toneladas de ondas hertzianas para dar cuenta de tamaña nimiedad. Todo un ejemplo, en fin, de como se nos ha sofisticado la vida.
El caso es que en eso pensaba ayer, en la sofisticación, o lo que sea, de la vida, cuando el camarero, mientras yo comía, me contaba consternado el suceso que tenía conmovida a toda la comunidad de Pelayo 59. Por lo visto ayer un gato se precipitó desde el piso noveno al patio. Los vecinos asustados llamaron a la policía municipal que acudió al momento. La policía de inmediato llamó a una especie de SAMUR para animales que apareció en un visto y no visto, que para eso están las sirenas, pero no se pudo hacer otra cosa que llamar al servicio municipal de recogida de mascotas muertas. Yo, por decir algo, le pregunté al camarero si no había venido el juez a levantar el cadáver. Pues no, no vino, pero no se preocupen que todo se andará.
Así corre el mundo, como dijo el clásico. Dado que los veinte mil niños que según la alcaldesa se morían de hambre en Madrid se ha quedado en agua de borrajas y, con ello, se nos ha ido al garete un suculento nicho de empleo público, habrá que buscarse otros sea donde sea y como sea. Porque sólo hay una cosa, aparte de la inevitabilidad de la muerte, que no deja lugar a la menor duda: la capacidad de destrucción de la gente desocupada y con el estómago lleno es infinita. Y éste es el dato y el reto con el que tienen que bregar los responsables políticos. No otro, que todo lo demás va sobre ruedas.
El dato y el reto. Tenemos el diagnóstico, necesitamos una terapia. Eso es todo. Por cierto, ayer, después de preguntar por lo del juez y para relajar un punto el dramatismo ambiental le conté al camarero que de estudiante solía salir por las noches con los amigotes a cazar gatos para merendarles dos o tres días después, porque, la de gato, es carne que necesita reposar al sereno antes de ser comida. El hombre se fue horrorizado a atender a otros clientes. Claro, es joven y no sabe lo que es la gana de verdad. De aquellos tiempos a estos es lo que va en levantarse de la mesa con hambre, ya sea como un ejercicio supremo de la voluntad, ya sea como una imposición de las miserables circunstancias. En fin, lo que sea con tal de no echar barriga.
El caso es que en eso pensaba ayer, en la sofisticación, o lo que sea, de la vida, cuando el camarero, mientras yo comía, me contaba consternado el suceso que tenía conmovida a toda la comunidad de Pelayo 59. Por lo visto ayer un gato se precipitó desde el piso noveno al patio. Los vecinos asustados llamaron a la policía municipal que acudió al momento. La policía de inmediato llamó a una especie de SAMUR para animales que apareció en un visto y no visto, que para eso están las sirenas, pero no se pudo hacer otra cosa que llamar al servicio municipal de recogida de mascotas muertas. Yo, por decir algo, le pregunté al camarero si no había venido el juez a levantar el cadáver. Pues no, no vino, pero no se preocupen que todo se andará.
Así corre el mundo, como dijo el clásico. Dado que los veinte mil niños que según la alcaldesa se morían de hambre en Madrid se ha quedado en agua de borrajas y, con ello, se nos ha ido al garete un suculento nicho de empleo público, habrá que buscarse otros sea donde sea y como sea. Porque sólo hay una cosa, aparte de la inevitabilidad de la muerte, que no deja lugar a la menor duda: la capacidad de destrucción de la gente desocupada y con el estómago lleno es infinita. Y éste es el dato y el reto con el que tienen que bregar los responsables políticos. No otro, que todo lo demás va sobre ruedas.
El dato y el reto. Tenemos el diagnóstico, necesitamos una terapia. Eso es todo. Por cierto, ayer, después de preguntar por lo del juez y para relajar un punto el dramatismo ambiental le conté al camarero que de estudiante solía salir por las noches con los amigotes a cazar gatos para merendarles dos o tres días después, porque, la de gato, es carne que necesita reposar al sereno antes de ser comida. El hombre se fue horrorizado a atender a otros clientes. Claro, es joven y no sabe lo que es la gana de verdad. De aquellos tiempos a estos es lo que va en levantarse de la mesa con hambre, ya sea como un ejercicio supremo de la voluntad, ya sea como una imposición de las miserables circunstancias. En fin, lo que sea con tal de no echar barriga.
domingo, 16 de agosto de 2015
El resentimiento
Ha muerto un escritor llamado Rafael Chirbes. La primera vez que oí hablar de él fue a Fede del que era muy amigo desde los tiempos cuando París era la Meca de los izquierdosos. El caso es que me lo ponderaba tanto que una de esas mañanas lluviosas que andaba por la capital sin saber qué hacer me metí en el FNAC agarré su última novela, Crematorio, me senté en un dispositivo que allí tienen al efecto de que lean los clientes y me tiré un par de horas pasando páginas a ver si conseguía deshacer la primera impresión. Pero no pudo ser. La recibida en la primera página se mantenía hacia la cien: literatura del resentimiento. O para resentidos si mejor quieren.
Pues bien, Chirbes acaba de morir y en una necrológica apologética alguien ha dicho: "le puso letra a este presente continuo de la crisis con una prosa limpia, trabajada entre la mirada rapaz y un pulso de orfebre con reflejos de estepario". ¡Leches!, no le niego al autor la capacidad para fabular, desde la perspectiva del resentimiento como digo, pero lo de la prosa limpia con pulso de orfebre, la verdad, no lo vi por ninguna parte. En mi profana opinión su lenguaje tira, sencillamente, a pobre. Como lo puede ser el de Pérez Reverte, que me hice cruces el día que me enteré que le habían hecho numerario de la Real Academia. ¿Qué le tendrían que hacer entonces, por poner un ejemplo, al Luis Landero de "Juegos de la edad tardía". En fin, ignorantes doctores tiene la santa madre iglesia de lo que sea que se pretende vender.
Dos botones de muestra que ayudan a sustentar lo que les digo del resentimiento: "la literatura no sirve más que para contar la infamia permanente" y "toda riqueza es por naturaleza sospechosa". Como me dijo ayer mi hermana cuando hablábamos del resentimiento social: a ver lo que tardan en sacarle algo a Amancio Ortega. El resentimiento social se está convirtiendo, si es que no lo ha sido siempre, en una multinacional más rentable que la de la hipocondria, lo que ya es decir. Sería interesante saber la cantidad de millones de gente que viven de explotar esos dos estados de ánimo miserables. Decir que Botín murió de una sobredosis de viagra es algo que no por absolutamente estúpido deja de serenar los ánimos atribulados por la sensación de fracaso. Y así, un millón de flatulentas historias que circulan por entre el populus... al que ya nadie purga desde que Boadella se retiró.
"Toda riqueza es sospechosa por naturaleza". Sin duda se refiere Chirbes a la riqueza dineraria. Las de otro tipo quizá no existan para quien resiente. En cualquier caso, me parece, es una opinión de corto alcance. Como de alguien que se ha quedado colgado de Scareface o El Padrino. Como si eso fuese el mundo, pura infamia. No sé, pero detrás de tales afirmaciones se atisba la sospecha de que el autor nunca leyó a Adam Smith o que, de haberlo leído, no pudo digerirlo por exceso de prejuicios. El dinero, como efecto de la ingeniería, tiende a acumularse en pocas manos. Es como el agua que se retiene en una presa. Energía acumulada que luego se libera ordenadamente para que la humanidad progrese. Y ya sabemos de las tremendas contradicciones que a veces plantea la construcción de una presa, pero lo que a la larga cuenta para la humanidad es que la presa queda ahí con sus benéficas consecuencias.
El otro día escuchaba una entrevista que le hacía Christiane Amanpour al Presidente Clinton con motivo de unos encuentros en Marrakech para un mejor entendimiento entre los que habitamos el mundo. Decía Clinton que el gran problema a combatir es, precisamente, el resentimiento. Hay que esforzarse, insistía, por conocer el origen y las causas de ese estado de ánimo para luego saber mejor como actuar contra él. Porque mientras predomine en amplios sectores de población será difícil resolver los conflictos. Una laudable proposición, sin duda. Pero, también, pecando de optimismo. Como de abuelo chocho, tal y como se autodescribió en la entrevista. ¡Ay, la biología con sus caprichos! Y sus injustos coeficientes intelectuales.
Descanse en paz Chirbes. El solitario, amante de los perros.
Pues bien, Chirbes acaba de morir y en una necrológica apologética alguien ha dicho: "le puso letra a este presente continuo de la crisis con una prosa limpia, trabajada entre la mirada rapaz y un pulso de orfebre con reflejos de estepario". ¡Leches!, no le niego al autor la capacidad para fabular, desde la perspectiva del resentimiento como digo, pero lo de la prosa limpia con pulso de orfebre, la verdad, no lo vi por ninguna parte. En mi profana opinión su lenguaje tira, sencillamente, a pobre. Como lo puede ser el de Pérez Reverte, que me hice cruces el día que me enteré que le habían hecho numerario de la Real Academia. ¿Qué le tendrían que hacer entonces, por poner un ejemplo, al Luis Landero de "Juegos de la edad tardía". En fin, ignorantes doctores tiene la santa madre iglesia de lo que sea que se pretende vender.
Dos botones de muestra que ayudan a sustentar lo que les digo del resentimiento: "la literatura no sirve más que para contar la infamia permanente" y "toda riqueza es por naturaleza sospechosa". Como me dijo ayer mi hermana cuando hablábamos del resentimiento social: a ver lo que tardan en sacarle algo a Amancio Ortega. El resentimiento social se está convirtiendo, si es que no lo ha sido siempre, en una multinacional más rentable que la de la hipocondria, lo que ya es decir. Sería interesante saber la cantidad de millones de gente que viven de explotar esos dos estados de ánimo miserables. Decir que Botín murió de una sobredosis de viagra es algo que no por absolutamente estúpido deja de serenar los ánimos atribulados por la sensación de fracaso. Y así, un millón de flatulentas historias que circulan por entre el populus... al que ya nadie purga desde que Boadella se retiró.
"Toda riqueza es sospechosa por naturaleza". Sin duda se refiere Chirbes a la riqueza dineraria. Las de otro tipo quizá no existan para quien resiente. En cualquier caso, me parece, es una opinión de corto alcance. Como de alguien que se ha quedado colgado de Scareface o El Padrino. Como si eso fuese el mundo, pura infamia. No sé, pero detrás de tales afirmaciones se atisba la sospecha de que el autor nunca leyó a Adam Smith o que, de haberlo leído, no pudo digerirlo por exceso de prejuicios. El dinero, como efecto de la ingeniería, tiende a acumularse en pocas manos. Es como el agua que se retiene en una presa. Energía acumulada que luego se libera ordenadamente para que la humanidad progrese. Y ya sabemos de las tremendas contradicciones que a veces plantea la construcción de una presa, pero lo que a la larga cuenta para la humanidad es que la presa queda ahí con sus benéficas consecuencias.
El otro día escuchaba una entrevista que le hacía Christiane Amanpour al Presidente Clinton con motivo de unos encuentros en Marrakech para un mejor entendimiento entre los que habitamos el mundo. Decía Clinton que el gran problema a combatir es, precisamente, el resentimiento. Hay que esforzarse, insistía, por conocer el origen y las causas de ese estado de ánimo para luego saber mejor como actuar contra él. Porque mientras predomine en amplios sectores de población será difícil resolver los conflictos. Una laudable proposición, sin duda. Pero, también, pecando de optimismo. Como de abuelo chocho, tal y como se autodescribió en la entrevista. ¡Ay, la biología con sus caprichos! Y sus injustos coeficientes intelectuales.
Descanse en paz Chirbes. El solitario, amante de los perros.
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