lunes, 30 de noviembre de 2015

La música de Schoenberg

Un día que estaba en casa de mis hermanos vi en la pantalla del televisor a un jovencito repelente, con sus gafitas redondas y todo eso, que decía de forma muy excitada que en España estaba todo podrido y que había que cambiarlo todo de arriba abajo. Otro día vi a otro con pinta de instalador de escenarios para rokeros que con un desparpajo pedante inigualable venía a decir lo mismo. Luego me enteré de que entre los dos habían fundado un partido cuya finalidad era ponerlo todo patas arriba. Como es lógico suponer tal partido tuvo un éxito inmediato. Porque es que, a ver quién es el guapo que estando jodido, por lo que sea, no va a querer ponerlo todo patas arriba. Y gente jodida la hay para dar y tomar por razones, las más de las veces, si no todas, puramente biológicas. Y es que cuando el dichoso cerebro no rinde lo que debiera el mundo se hace asquerosamente cuesta arriba. 

Así que lo que habrá que preguntarse, si es que a uno le sigue interesando el mundo, es el porqué de que no rindan los cerebros. Y aquí hay algo de lo que tenemos cierta certeza, por decirlo de forma tautológica. El cerebro es el órgano plástico por antonomasia. Como si fuese barro, se le puede dar la forma que se desee. Luego, claro, están los elementos de la intemperie que actúan por su cuenta sobre el moldeado inicial. Un conjunto de factores cuyo producto sí es alterado por el orden. ¿Qué es lo primero, las condiciones ambientales o el taller de moldeado? Por no hablar, por supuesto, de la calidad del barro, que, ahí, como bien es sabido, lo que natura non da, Salamanca non presta. 

Así que, condiciones ambientales, o intemperie, y taller de moldeado. Nada nuevo que ya va para dos mil quinientos años que tenemos La República en las estanterías. Y que a nadie engañen los resentidos, a trancas y barrancas hemos avanzado tanto que nos encontramos ya a dos pasos del modelo que trazó Platón. Unos un poco más, otros un poco menos, pero los niños en general son arrancados de sus padres a edad temprana para que no les maleen del todo. Y no se ahorran procedimientos. Incluso se llega, cuando las circunstancias lo exigen, a dar un sueldo a los padres a cambio de que lleven a sus hijos a la escuela. Y eso gobernando un partido de derechas y estando en plena crisis económica. Qué no sería si gobernasen los instaladores de escenarios para rokeros. Seguro que instauraban por ley la manipulación genética para que todos los barros fuesen de primera calidad. Por promesas que no quede.

Así que, se haga lo que se haga, jodidos siempre habrá por razones de fabricación. Si falla la Wolkswaguen que no fallaremos nosotros que somos humanos. Pero casi todo tiene solución y a los defectuosos con unas cuantas promesas y un puñado de soma se les tiene entretenidos. El resto, está tan educado y satisfecho que ya casi ni siquiera necesita que le gobiernen. Si no llegado, se está muy cerca del ideal anarquista. Esa extraña armonía sin reglas que la coarten. La música de Schoenberg, para que nos entendamos.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Si te ves, chungo

Serían cerca de las diez cuando, anoche, volvía a casa. Y no creo que la temperatura pasase de los cinco o seis grados, pero daba igual, en las terrazas había gente sentada tomando aperitivos. En la que hay justo enfrente de mi puerta, que, por cierto, apenas deja un metro de acera, se regocijaba una colla de veinteañeros, algunos de ellos con t-shirt por todo avío. En la de unos metros más allá, parecía una perrera. Allí, ni uno, ni medio; simplemente había que pedir permiso para pasar. Y, dentro de los locales, ya, ni hablo: no cabía un alfiler. ¡Y mira que hay unos cuantos!

Lo que es evidente es que al personal se le ve muy preocupado con el cariz que están tomando los acontecimientos. Lo de Cataluña, lo de París, lo de Siria, por no hablar del calentamiento global. Y no digo, ya, las próximas elecciones al Parlamento que, sin el menor atisbo de duda, son una vez más las más importantes de la historia de la democracia: nunca, nos aseguran, hubo tanto en juego... se deben de estar refiriendo a que han subido el sueldo a los diputados. 

Madrid es una fiesta. Con los AVES, los vuelos low-cost y todo eso, da la impresión de que los fines de semana déferle ici toute l´Espagne. Anoche escuchaba más catalán por las calles que cuando viví en Barcelona. Porque, en cualquier caso, lo que no es posible es que con sólo la vecindad de la Villa y Corte de para este estar todo tan de bote en bote.  

Pero no se crean, es un de bote en bote civilizado, cosmopolita, sin salidas de mal rollo. Nada que ver con lo que hubo cuando lo de la famosa "movida" que tenía tanto de doctrinario y que así acabó como acabó, colgados unos de la droga, otros del zapaterismo y veinte años de oscurantismo. No, lo de ahora va más de Trimalción, o sea, a ver quién la tiene más larga, a la barba me refiero. La cuestión es divertirse y, si se folla, mejor. A nadie se le hace mal y la economía va como un tiro. 

Total que ayer, para rematar el día, y sin saber por qué, me apeteció ver El Baile de los Vampiros de Polansky. Absolutamente iluminadora. Es precisamente dejarse morder la yugular lo que hace un mundo mejor, es decir, lleno de bares que están de bote en bote. Y los que van por ahí clavando estacas de madera en el corazón de los vampiros son unos iluminados con todas las de perder y el sufrimiento añadido de verse reflejado en todos los espejos. Porque ahí está la clave de todo, verse o no verse en los espejos. Si te ves, chungo.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Faetón

Hace unos años vi la entrevista que le hacían a un monje de clausura a propósito de un disco de canto gregoriano que acababan de grabar los de su congregación. A pregunta sobre la dureza, o tristeza, de no estar al tanto de las cosas de este mundo contestó el entrevistado que en qué le podía afectar a él enterarse ahora o dentro de treinta años que Mónica Lewinky le había hecho una felación al Presidente Clintón. Porque esa era la cuestión, que, juzgando por los medios de comunicación, parecía que por aquellos días no estaba pasando en el mundo otra cosa que las consecuencias de la dichosa felación. Fíjense, una felación. Un acto que me dejaría cortar lo que quieran si no se lleva a cabo por lo menos mil millones de veces al día. Y sin embargo, ahí estaba todo el mundo con el tema. Sin duda era el clavo con el que se había sacado otro y en eso consistía todo. 

Hace cuatro días estábamos que parecía que nos llegaba ya el agua al cuello con lo de el sainete catalán. Entonces, unos resentidos se pusieron a pegar tiros y explotar bombas en París y, Cataluña, si te he visto no me acuerdo. En París, de donde vienen los niños, ¿cómo no va a tener tirón cualquier cosa que pase allí? Pues no, ha bastado con que los turcos tirasen abajo un avión ruso de juguete para que ya nadie se acuerde de las bombas de París. Porque es que, además, lo del avión ruso no por intenso ha durado dos días porque París vuelve a la carga con una conferencia sobre el medio ambiente esta vez. "Dos grados, punto crítico", es el lema de la citada conferencia. Y como es en París, de donde vienen los niños, seguro que se consigue el acuerdo. Claro, por el camino, como cada dos años, cientos de miles de personas van de aquí para allá en avión a debatir sobre el asunto: echando gasolina al fuego en definitiva. Y todos contentos y satisfechos porque se está haciendo lo apropiado: decir una cosa y hacer la contraria. La historia de la humanidad simplificada en una frase. 

Sin embargo, me parece a mí que esto de la conferencia del medio ambiente se lleva la palma en lo que hace a concertación de voluntades para la exaltación de la imbecilidad. No conozco absolutamente a nadie en el mundo que esté dispuesto a privarse de nada, pero lo que se dice nada, por tal de contribuir con ello a evitar que el mundo se caliente. En esto, como en tantas otra cosas, sí que fue profético Don Juan: ¡Cuán largo me lo fiáis! Entre que esto se acaba y no se acaba, disfrutaremos más del jardín, como le oí decir un día a una señora británica a la que interrogaban sobre el asunto. 

Es todo una aporía. Es decir, sin solución lógica. Lo sabemos desde la Teogonia de Hesiodo. O las Metamorfosis de Ovidio. 
Está todo escrito. Ya hace mucho que Epimeteo abrió la caja de Pandora y que Faetón conduce el Carro del Sol. Lo único que podemos hacer es lo de la señora británica, relajarnos y disfrutar mientras dure. Porque una cosa está clara, a mí nadie me va a privar de las ofertas de Lidl  y menos en un día como hoy, Black Friday, que estoy desperdiciando aquí con tanto vano filosofar. Salgo corriendo para allá.  

miércoles, 25 de noviembre de 2015

¡Tanto trajín!

Cuando era adolescente me pegaron un repaso que me dejó fino para los restos. Fue una represalia política en toda regla que no voy a calificar de injusta porque las cosas se juzgan con las leyes que rigen en el tiempo en el que suceden. Sin duda yo me las salté y alguien, concretamente el profesor de Formación del Espíritu Nacional, vio en ello una oportunidad de oro para ejemplarizar. Porque ya por aquel entonces, mediados los cincuenta, los pequeños hijos de la burguesía empezaban a tomarse a chirigota el régimen franquista y eso, como es natural, tenía que poner muy nerviosos a los que vivían de él. Después, habiendo alcanzado yo alguna notoriedad como revoltoso cuando los estertores del régimen, mi padre me dijo un día que por qué no le mandaba un pequeño mensaje a aquel profesor sañudo. La verdad, nunca le había oído decir a mi padre tamaña majadería. Porque, excepción hecha de las cosas de su salud donde se comportaba en talibán, era una de las personas más sensatas que he conocido. Pensé que a lo mejor no tenía muy buena conciencia al respecto, porque más que defenderme en aquel trágico trance lo que hizo fue dedicarse a echar más leña al fuego como para purificarme de por vida de todas las veleidades graciosillas a las que quizá me veían muy inclinado. 

En fin, el caso es que de aquello salí y, no sé, pero juraría que fortalecido por comparación a los que no pasaron por trances parejos. Los ingleses, según he leído en algún sitio, piensan que es muy bueno para la educación en general que los niños se vean sometidos de vez en cuando a alguna injusticia. Porque injusto, dicen, es el mundo en el que van a vivir y conviene que les pille entrenados. El hecho de haber sentido el dolor de ser arrancado de cuajo de un medio amable para ser trasplantado en otro mucho más duro me dio derecho a experimentar emociones no precisamente blandas ni olvidables. A los quince años, y después de haberse sentido repudiado, no parece fácil construirse un nuevo entorno protector. Sin embargo lo es, o al menos para mi lo fue. Antes de un mes ya tenía un grupo de adeptos con los que hablar de los curras piporros, los compas más pajilleros y esos topics típicos de cualquier corrillo adolescente. La dureza del medio, no me costó mucho darme cuenta, crea vínculos más fuertes so pena de estar más expuesto al castigo. Fuere como fuere, en fin, me permitió observar el mundo desde otro ángulo y, eso, sin duda, ensanchó mi perspectiva, lo que no es poco.

Después, a lo largo de la vida, he pensado muchas veces que aquel episodio me marcó para los restos. El andar de aquí para allá ha sido la pasión de mi vida y creo que lo sigue siendo. Llegar a un sitio, explorarle, dominarle, dejar una colonia, o no, y largarse en pos de nuevas conquistas. Siempre ligero de equipaje y abierto a las sorpresas. Y no es que crea ni mucho menos que haya sido la mejor manera posible de pasar la vida, pero no maldigo mi suerte porque ahora, al menos, se tocar la guitarra... porque si no supiese, ¿de qué me hubiese servido tanto trajín?  

martes, 24 de noviembre de 2015

Autoanálisis

En fin, la cuestión es que cada uno es como es y no hay nada peor que intentar ponerle puertas al propio campo. Bastante tiene uno con las que le ponen los demás. Sin embargo, tampoco quiero decir con esto que haya que ser como el escorpión de la fábula. Ser como se es no es excusa en ningún caso para no tener en cuenta que los demás son como son y no sólo hay que respetarlos sino también saber adaptarse a ellos cuando nobleza obliga. Pero eso sí, procurando siempre no perder la conciencia de la extranjería a la que uno se somete por propia voluntad o conveniencia... se cometen muchos errores en la vida antes de aprender un poco sobre estas cosas. 

Todo muy bonito y muy claro, sí, pero que demonios quiere decir "ser como se es" y "ser fiel a uno mismo". ¿Es que acaso es posible llegar a tener una mínima de idea de lo que somos? Por mucho que nos observemos y nos autoanalicemos, si es que esto quiere decir algo, al final siempre acabamos movidos por impulsos motivados por lo que nos parece que nos puede favorecer. Lo que nos permite tirar hacia delante al precio que sea con tal de que te lo puedas pagar. 

Tirando hacia delante, de derrota en derrota, huyendo siempre del fantasma de la muerte que se sube a la chepa tan pronto lo tienes todo medio controlado. Estabilidad sinónimo de muerte, ese es mi sino. Necesito volver a tirarlo todo por la borda para recuperar la sensación de vida. De que tengo una tarea por delante: la de volver a caer en la misma trampa. Porque ese el drama, estar siempre ansiando lo que se sabe que una vez alcanzado se va a detestar. Seguro que los siquiatras tienen un nombre para ese tipo de personalidad. Paranoia o algo así.

Y no es que me suela sentir perseguido por no se sabe que clase de fuerzas misteriosas, pero sí que he podido identificar dentro de mí un par de anomalías discapacitantes contra las que nunca pude hacer nada por más que lo haya intentado. Una es el miedo escénico: tan pronto me siento observado me paralizo. La otra es el estar de más... no sé, quizá la incapacidad de integración, o la falta de autoestima o lo que sea, que me da igual porque es algo de lo que me curo fácilmente por el simple procedimiento de echarme a un lado. 

Yo, como soy un curioso impenitente, no he parado de preguntarme desde que tengo conciencia de ello por qué demonios me tienen pasar a mí estas cosas. He conocido mucha gente infinitamente menos preparada que yo o mucho más plasta que no le cuesta nada dirigirse a un numeroso auditorio o quedarse en un sitio donde no está pintando nada. Tiene que ser algo, me digo, con la manera en que fuimos tratados cuando eramos niños. Juraría que en mi caso se me sometió a un tercer grado para labrarme un más que sólido sentido del ridículo. Como en tantas familias sinsorga el principal pasatiempo de sus reuniones consistía en contar cosas de los niños que les parecían muy graciosas. Y las repetían una y mil veces sin caer en la cuenta de que si los niños estaban delante lo podían percibir como algo humillante o vejatorio. Los familiares necios no saben hasta que punto son nocivos cuando utilizan a los niños como sustento de sus conversaciones. Más les valiera atarse una rueda de molino al cuello y dedicarse a arrastrarla.

En fin, no sé lo que me habrá impulsado a escribir hoy sobre estas cosas. Quizá tenga que ver con que las circunstancias personales me han obligado a ibuprofenizarme. 

lunes, 23 de noviembre de 2015

Primitivismo

Isidoro tiene una conocida catalana que se llama Montse que por circunstancias de la vida suele acudir a las mismas cenas que él. Lo que Isidoro no soporta es que Montse esté siempre apelando a los sentimientos para justificar la brasa que nunca para de dar con lo de su querididisísima Cataluña. Entonces, qué pasa, que los demás no tenemos sentimientos, se pregunta medio indignado Isidoro. Pues sí, claro, cómo no vamos a tenerlos, lo que pasa es que como hemos alcanzado un cierto grado de civilización hemos aprendido a metérnoslos por donde nos quepan y hacer como que no les tenemos. Así, por ejemplo, podemos estar con un francés, un inglés e, incluso con un bosquimano, sin necesidad de darle la lata con las cosas de nuestro lugar de nacimiento. O de nuestros hijos. O de nuestros nietos. 

El asunto de la exhibición de los sentimientos, lo confieso, siempre me ha olido a cuerno quemado. Nunca se me olvidará que una vez que iba de camino, al llegar a Casares de Las Hurdes lo primero con lo que me topé fue con una mujer mayor vestida de negro y dando gritos a la puerta del ayuntamiento. Luego me enteré de que era a causa de que se le había muerto una hija cuarentona. Sin duda el primitivismo de aquella mujer le obligaba a dar a entender a sus vecinos que tenía el corazón destrozado. Sin embargo, lo más probable es que estuviese consternada por haber perdido una fuente de seguridad y punto. Y es que, excepción hecha de los padres hacia los hijos cuando son pequeños, que es una cosa puramente biológica, lo de "te quiero más que a mi vida", que decía la canción, a mi modesto juicio no es otra cosa que un "ponte bien y estate quieto" que te voy a destrozar la yugular... que es, ni más ni menos, lo que hacen tantos catalanes con Cataluña que es que la tienen hecha unos zorros de tanto chuparle la sangre. 

Sentimientos, como dice Isi, los tenemos todos, pero cuando nos civilizamos, pienso, los pasamos por el cedazo de la razón para convertirlos en afinidades electivas. La amistad, por ejemplo, sentimiento noble donde les hubiere, qué sentido tiene, como sostenía Pla, si no sirve para enriquecerse mutuamente. Y el que no quiera reconocer eso es un perfecto sandio. O un prisionero de los clanes condenado a la miseria espiritual de por vida.

En fin, las cosas de Apolo y Dionisos que esquematizaban los clásicos. Si Dionisos se apodera del cotarro, entonces, las mujeres se echan a bailar desnudas por el monte y las estanterías de los supermercados se vacían. Afortunadamente estamos muy lejos de eso, incluso en Cataluña. Y no es que crea yo que haya que meter a Dionisos en el truyo como hizo Penteo con tan malos resultados, no, creo que bastará con confinarle en las discotecas los sábados por la noche. Del resto ya se encargará Apolo. 

Y Montse a estas alturas, con la que le está cayendo encima, seguro que ya está medio curada. O medio civilizada, para que mejor nos entendamos. 

domingo, 22 de noviembre de 2015

Cuesta de creer

Como todos años por estas fechas, los fachas sacan a pasear el fantasma de Franco. Y cuando digo fachas hablo de fachas genuinos, o sea, de los que se creen que son exactamente lo contrario. Pues bien, el otro día una periodista de la cadena global, antigua independiente de la mañana, es decir, de las que se creen que representan exactamente lo contrario de lo que representan, sacó a relucir el mentado fantasma para amedrentar a Bertín Osborne que, otra cosa no, pero es alguien que sabe de sobra quien es y lo que representa que para eso recibió una educación británica con descojone del fantasma de Canterville incluida. Resultado, la no facha, facha, salió  trasquilada, aunque, como es catalana de pura cepa, no creo que eso le vaya a servir para disuadirla de futuros meterse en camisas de once varas. Pues anda que no son tozudos ni nada los de pura cepa, sean de donde sean. 

Por otro lado leo que en un colegio, también catalán, ¡cómo no!, han sacado a airear el fantasma. Un chaval, o chavala, ha dicho que cuesta "de creer" que haya habido algo tan horrible. Se notaba a la legua que el común del alumnado había recibido una información histórica al respecto la mar de imparcial y desapasionada. Prácticamente todos coincidían en tener o haber tenido abuelos republicanos, exiliados, represaliados, ect., y eso que el colegio de marras es uno donde van niños de lo que se podría llamar burguesía catalana, ahí es nada. Bueno, por lo visto, en medio de la exaltada comunión de los de linaje decente, un apestado dijo que su abuelo había sido un militar franquista... y se hizo el silencio. 

Creo recordar que el gran Torrente Ballester solía decir cuando asistía a exaltadas tertulias sobre el fantasma que se necesitará que pasen por lo menos cien años antes de que se recupere un poco de cordura sobre lo que significó ese episodio de la historia de España. Y no por nada, y esto lo digo yo, sino porque cuando das con un caramelo para dulcificar la vida a la chusma a nadie con dos dedos de frente se le ocurriría sacárselo de la boca. Mientras siga  extrayéndole sabor será fácilmente controlable. El caso es que no pierda la ilusión de que todavía se puede ganar aquella guerra. 

Cien años de los que ya van ochenta. Es natural que algunos empiecen ya a impacientarse. Al estilo de lo que le pasó el otro día a Bertín. Y es que hay que ser un santo para resistir impertérrito a tanta estulticia. Franco fue lo que fue, un tirano al estilo de la época que se las apañó para poner a España en la senda de la modernidad. Lo que hubiese sido si hubiesen ganado los otros sólo lo podemos conjeturar, o sea, palabras que se lleva el viento. Lo que si podemos saber a ciencia cierta es que en esos años de dictadura fue la época histórica en el que por fin se controló el agua en España y, como consecuencia, más españoles pasaron de la más absoluta pobreza a una vida medianamente pasable. Luego, las represiones y todo eso, las propias de un régimen autoritario que nada que ver con las de un sistema fascista. Franco sólo machacaba a los que tenían capacidad para poner desorden en el sistema productivo. Los que se decían comunistas, por ejemplo. Pero no se gastaba un duro en armar al ejercito o mantener escuadrones de vigilancia de la "conducta moral" de la ciudadanía. El Movimiento, como el mismo explicaba, era la clap que le aplaudía allí por donde pasaba. Al final, ya, no necesitaba ni de esa clap porque la mayoría de los españoles le aplaudían de buen grado. Y el que niegue eso es un wishfull thinking, o sea, un perfecto idiota. 

Por lo demás, si les gusta la historia con su eterno retorno, cojan, agarren y váyanse a la historia de Atenas en los tiempos de Solón. Todo muy bonito con la Constitución que redactó, pero la vida real era un desmadre y tuvo que venir el tirano Pisistrato a poner orden y dejarlo todo niquelado para hacer posible la llegada de Pericles. ¿Les suena? Cuesta de creer que la historia se repita tantas veces con tanta fidelidad.